El código de la miseria: El vendedor callejero al que vistieron de rey para robarle el cerebro en la gala más exclusiva de París

Publicado por Emontero el

Si vienes de Facebook, seguramente sentiste la intriga quemándote el pecho al ver a este pobre vendedor de libretas siendo arrastrado hacia una vida de lujo incalculable en un abrir y cerrar de ojos. Prepárate, porque la verdad detrás de este supuesto «milagro» y la brutal y asquerosa trampa que le tenían preparada en esa gala de élite, te dejará completamente sin aliento y con unas ganas inmensas de aplaudir.

La lluvia ácida y el genio de las calles

La ciudad de París tiene dos caras que jamás se miran a los ojos.

Por un lado, está la Ciudad de la Luz, llena de oro, alta costura, champán y rascacielos donde se deciden los destinos del mundo.

Por el otro, está el infierno de concreto helado.

Esa noche de noviembre, el viento soplaba con una violencia que cortaba la piel como navajas de cristal afilado.

Bajo la tenue luz de un farol parpadeante, a escasos metros del majestuoso museo del Louvre, estaba Elías.

Elías tenía apenas veintitrés años.

Su cuerpo, delgado y tembloroso, estaba envuelto en un abrigo gris tres tallas más grande que había encontrado en un contenedor de basura.

Sus zapatos eran un par de tenis de lona con las suelas despegadas, que dejaban entrar el agua congelada de los charcos en cada paso.

Pero lo más doloroso no era su ropa. Eran sus manos.

Estaban rojas, agrietadas y moradas por la hipotermia, sosteniendo con desesperación una pequeña pila de libretas de espiral.

«A un euro… libretas a un euro, señor. Por favor», suplicaba Elías, con la voz quebrada por el frío y el hambre.

Llevaba tres días completos sin probar un solo bocado de comida caliente.

Los turistas y los ejecutivos pasaban a su lado corriendo, ignorándolo como si fuera una simple sombra molesta en su paisaje perfecto.

Nadie quería comprar una miserable libreta en plena era digital.

Pero Elías no vendía simples papeles en blanco.

Dentro de esas libretas, escritas con un lápiz gastado a la luz de los faroles de la calle, había un universo entero.

Elías era un prodigio. Un genio autodidacta de la programación y la ingeniería de datos que había tenido que huir de su país por la guerra.

Sin papeles, sin familia y sin dinero, su cerebro brillante estaba atrapado en la miseria más absoluta.

Para no enloquecer, llenaba las libretas de un euro con ecuaciones complejas, algoritmos de inteligencia artificial y códigos que ningún ingeniero de Silicon Valley había logrado descifrar.

Era su forma de escapar. Su forma de gritarle al mundo que él existía.

«Solo una libreta, señora, se lo suplico…», murmuró Elías, viendo a una pareja rica pasar de largo con desprecio.

El joven tosió violentamente. El pecho le ardía.

Se dejó caer de rodillas sobre el pavimento mojado, sintiendo que la vida se le escapaba por fin.

Estaba listo para rendirse. Listo para cerrar los ojos en la calle helada y no despertar jamás.

Y justo en ese segundo de oscuridad absoluta, el rugido de un motor monstruoso rompió el silencio de la noche.

El carruaje negro y la reina de hielo

Un inmenso automóvil Maybach de color negro azabache, brillante y largo como un yate, frenó bruscamente frente a él.

El agua sucia de un charco salpicó el rostro de Elías.

El joven levantó la mirada, cegado por los potentes faros de xenón del vehículo.

La pesada puerta trasera se abrió con un leve susurro mecánico.

De su interior no bajó un turista perdido.

Descendió una mujer que parecía esculpida en mármol y diamantes.

Llevaba un abrigo de piel de zorro blanco, tacones de aguja de diseñador y un par de gafas oscuras a pesar de ser casi la medianoche.

Era Victoria Blanchard.

Una de las empresarias tecnológicas más letales, temidas y multimillonarias de todo el continente europeo.

La «Reina de Hielo» de la inteligencia artificial.

Dos inmensos guardaespaldas de traje negro se bajaron tras ella, cubriéndola con un paraguas gigante para que ni una sola gota de lluvia tocara su cabello.

Victoria caminó lentamente hasta quedar a un metro del joven arrodillado en el lodo.

El aire se llenó de un perfume que costaba más que todo el barrio entero.

Elías retrocedió por instinto, apretando sus libretas contra el pecho mojado.

«Tú eres Elías», pronunció Victoria.

Su voz no era una pregunta. Era una afirmación fría, metálica y cargada de un poder absoluto.

El joven abrió los ojos desmesuradamente. «¿C-cómo sabe mi nombre? Yo no he hecho nada malo.»

Victoria no respondió a su pregunta.

Bajó la mirada hacia las libretas de un euro que el muchacho intentaba proteger de la lluvia.

«Levántate de ese charco asqueroso», ordenó la empresaria, con un tono que no admitía la menor resistencia.

Uno de los guardaespaldas agarró a Elías por el brazo y lo levantó del suelo como si fuera un muñeco de trapo.

«¿Qué quiere de mí?», balbuceó Elías, temblando incontrolablemente por el frío y el terror.

Victoria metió su mano cubierta por un guante de cuero fino en el bolsillo de su abrigo.

Sacó un pesado portafolio de metal negro.

Con un movimiento rápido, abrió los seguros y le mostró el interior al vagabundo.

El corazón de Elías se detuvo.

Adentro había fajos de billetes de quinientos euros. Cientos de miles de euros perfectamente apilados.

«Quiero comprar tu tiempo, Elías», dijo Victoria, cerrando el portafolio de golpe.

«Esta noche, tu miserable vida en las calles se termina para siempre.»

Elías estaba paralizado. La mente le daba vueltas.

¿Por qué una de las mujeres más ricas del mundo le ofrecía una fortuna a un vendedor callejero muerto de hambre?

«Métanlo al auto», ordenó Victoria, dándose la media vuelta con asco.

«Pero mis libretas… mis cosas…», suplicó Elías, intentando recoger su mercancía del suelo mojado.

«Déjalas. A partir de hoy, no vas a necesitar esa basura nunca más», sentenció ella.

Los guardaespaldas lo empujaron dentro del lujoso vehículo.

El calor de los asientos de cuero blanco lo envolvió.

Las puertas se cerraron, sellando al vagabundo en un mundo de cristal blindado del que no tenía escapatoria.

El Maybach aceleró a toda velocidad, perdiéndose en la noche parisina.

La metamorfosis obligada y el silencio asfixiante

El viaje duró apenas veinte minutos, pero para Elías, parecieron horas de agonía y confusión pura.

Victoria viajaba sentada frente a él, tecleando frenéticamente en una tableta transparente de última generación.

No lo miraba. No le hablaba.

Lo trataba con la misma indiferencia con la que se trata a un mueble viejo.

El auto se detuvo frente a una inmensa boutique de alta costura que había sido cerrada exclusivamente para ellos.

«Bájalo y límpienlo», ordenó Victoria a sus hombres, sin siquiera levantar la vista de su pantalla.

Elías fue arrastrado al interior de la tienda.

Lo metieron a un lujoso vestidor de mármol.

Tres sastres y dos asistentes lo despojaron de sus harapos sucios y malolientes.

Lo bañaron. Le cortaron el cabello enmarañado. Le rasuraron la barba de semanas.

Elías se miraba en los inmensos espejos de cuerpo entero y no lograba reconocer al hombre que le devolvía la mirada.

Ya no era el vagabundo esquelético y sucio del puente.

Ahora, llevaba puesto un esmoquin negro a la medida, confeccionado con seda italiana y lana virgen.

Una camisa blanca impecable, una corbata de moño de seda negra y unos zapatos Oxford de charol que brillaban como espejos.

En su muñeca izquierda, le colocaron un reloj de platino que pesaba como una cadena de oro.

«¿Para qué es todo esto?», preguntó Elías a uno de los sastres, con la voz temblorosa.

El sastre, un hombre mayor de rostro pálido, le dirigió una mirada llena de pura lástima.

«Solo haz exactamente lo que Madame Victoria te ordene, muchacho. Por tu propio bien», le susurró el hombre, ajustándole los puños de la camisa.

La advertencia heló la sangre del joven programador.

De pronto, las puertas del vestidor se abrieron de golpe.

Victoria entró, evaluándolo de arriba abajo con una frialdad clínica.

«Perfecto. Pareces un ser humano decente», sentenció la empresaria, asintiendo con la cabeza.

Victoria chasqueó los dedos.

Uno de sus escoltas se acercó y le entregó a Elías el pesado portafolio de metal negro.

«Escúchame muy bien, escoria», siseó Victoria, acercándose al rostro del joven hasta que él pudo oler su aliento a menta y champán.

«Adentro de ese maletín hay doscientos mil euros en efectivo.»

Elías tragó saliva, sintiendo que el portafolio le quemaba las manos.

«También hay una invitación de oro y un contrato de confidencialidad absoluto.»

Victoria le clavó una mirada cargada de amenaza pura.

«Vamos a ir a la Gala Tecnológica del Palacio de Cristal. Es el evento de inversores más importante de la década.»

«Tú vas a entrar conmigo. Vas a sonreír. Vas a asentir a todo lo que yo diga frente a las cámaras.»

«Y cuando regresemos al auto, vas a firmar ese contrato. Te quedarás con el maletín y desaparecerás de Francia para siempre.»

Elías frunció el ceño. La trampa era evidente, pero el hambre y el terror lo paralizaban.

«¿Y si me niego?», se atrevió a preguntar el joven, con un hilo de voz.

Victoria soltó una carcajada seca, carente de toda humanidad.

«Si te niegas, haré una sola llamada telefónica a inmigración. Te pudrirás en una cárcel de deportación y nadie en este planeta preguntará jamás por ti.»

«Tú decides, genio.»

La empresaria se dio la media vuelta y salió de la tienda.

Elías miró el portafolio. Miró sus manos limpias y su traje de lujo.

Estaba a punto de entrar a la jaula del león disfrazado de príncipe, sin tener la menor idea del matadero que lo esperaba.

La jaula de oro y el susurro de la traición

El Palacio de Cristal resplandecía bajo la noche tormentosa como un faro de opulencia asquerosa.

Cientos de fotógrafos y periodistas se agolpaban en la alfombra roja, cegando a los invitados con los flashes de sus cámaras.

El Maybach negro de Victoria se detuvo frente a la escalinata principal.

Elías sintió que el estómago se le encogía.

«Sonríe», le susurró Victoria al oído, clavándole las uñas afiladas en el brazo a través de la tela del traje.

Los escoltas abrieron las puertas.

Elías bajó del auto y el mundo entero explotó en luces blancas y gritos de reporteros.

Victoria lo tomó del brazo, obligándolo a posar frente a las cámaras.

«¡Madame Victoria! ¡Por aquí! ¿Quién es su misterioso acompañante?», gritaban los periodistas enloquecidos.

La empresaria no respondió. Mantuvo su sonrisa plástica y arrastró a Elías hacia el interior del gigantesco y majestuoso salón.

El lugar era un océano de lujos obscenos.

Billionarios de Silicon Valley, magnates árabes, políticos influyentes y jeques del petróleo charlaban con copas de champán de miles de dólares en la mano.

Elías se sentía mareado. El olor a perfumes caros y caviar le revolvía el estómago vacío.

«No abras la boca», le recordó Victoria, apretándole el brazo con furia.

Caminaron hasta la mesa principal, justo frente al inmenso escenario iluminado.

Elías colocó el pesado portafolio de metal debajo de su silla, cuidándolo con la vida.

De pronto, las luces del gigantesco salón se atenuaron por completo.

Un foco solitario iluminó el centro del escenario.

El murmullo de la élite mundial se apagó en un segundo. Todos esperaban el gran anuncio de la noche.

El presentador tomó el micrófono.

«Damas y caballeros. Esta noche estamos a punto de presenciar un cambio en la historia de la humanidad.»

«Con ustedes, la mujer que acaba de crear el primer algoritmo de inteligencia artificial cuántica autónoma.»

«¡La señorita Victoria Blanchard!»

El salón estalló en aplausos ensordecedores.

Victoria se puso de pie, radiante, besando las mejillas de los magnates cercanos antes de subir al escenario.

Elías aplaudía por inercia, confundido. ¿Qué tenía que ver él con todo esto?

Victoria se paró frente al inmenso auditorio, tomando el micrófono con seguridad absoluta.

«Buenas noches, amigos e inversores», comenzó la Reina de Hielo.

«Durante los últimos cinco años, mi empresa ha invertido billones en intentar descifrar el código de la autonomía artificial.»

«Fracasamos muchas veces. Pero hoy, les presento el proyecto ‘Génesis’.»

Una inmensa pantalla LED de diez metros de altura se encendió a espaldas de Victoria.

Elías levantó la mirada hacia la pantalla.

Y en ese preciso, exacto y brutal instante, el corazón del joven vendedor callejero se detuvo por completo.

El oxígeno desapareció de sus pulmones.

En la pantalla gigante, proyectadas en altísima resolución, había páginas escaneadas.

Páginas llenas de ecuaciones escritas a mano, diagramas de flujo y códigos alfanuméricos caóticos.

Elías reconoció cada trazo. Reconoció las manchas de café en las esquinas.

¡Eran sus malditas libretas!

Las libretas de un euro que le habían robado del puente hacía dos semanas, cuando un grupo de «pandilleros» lo golpeó y lo dejó inconsciente.

No eran pandilleros. Eran los matones a sueldo de Victoria.

Ella había estado vigilándolo. Había descubierto que el vagabundo era un genio.

Le robó el trabajo de toda su vida para patentarlo a su nombre.

«Este es el código fuente», alardeó Victoria frente a los inversores atónitos.

«Un código tan avanzado que mi equipo y yo hemos tardado años en perfeccionarlo.»

Los jeques árabes y los inversores gringos asentían, maravillados, sacando sus chequeras mentales.

Elías sintió que la sangre le hervía de pura y absoluta rabia.

Había sido utilizado. Había sido bañado, vestido y perfumado solo para ser el títere silencioso de su propio robo.

Pero la humillación estaba a punto de volverse infinitamente peor.

El títere en el matadero y el precio del silencio

Victoria bajó el tono de voz, adoptando una postura de falsa humildad que daba asco.

«Pero no quiero tomar todo el crédito, señores.»

La empresaria apuntó con su mano directamente hacia la mesa principal, donde estaba sentado Elías.

Las luces del techo giraron violentamente, iluminando al joven de esmoquin frente a las miradas de los hombres más poderosos del planeta.

«Este proyecto también fue posible gracias a mi brillante y joven asistente en jefe. Mi protegido.»

Victoria le dedicó una sonrisa llena de veneno puro.

«El joven Elías. Un estudiante becado que mi empresa rescató de la pobreza y que me ayudó a transcribir mis ideas.»

El auditorio aplaudió con fuerza. La historia de «caridad» de la millonaria les fascinaba.

«Levántate, Elías. Ven aquí y saluda a nuestros futuros socios», le ordenó Victoria, con una voz dulce que escondía una amenaza letal.

Elías tragó saliva. Sus rodillas temblaban.

Miró el portafolio negro bajo su silla.

Ahí estaban los doscientos mil euros. El boleto a la libertad. El precio exacto por su silencio eterno.

Si subía y sonreía, Victoria se haría trillonaria con su invento, y él volvería a las sombras siendo rico, pero sin alma.

Si hablaba, los guardaespaldas de Victoria lo matarían antes de que pudiera llegar a la puerta.

El joven vendedor se puso de pie lentamente.

Caminó por el pasillo flanqueado por mesas de lujo.

Subió las escaleras del escenario, sintiendo que caminaba hacia su propia ejecución pública.

Llegó al lado de Victoria.

La empresaria lo abrazó falsamente para la foto de los medios.

Y al acercar su rostro al cuello de Elías, le susurró al oído con una brutalidad helada:

«Sonríe, saluda y asiente. Si dices una sola palabra que no debes, no sales vivo de este edificio.»

Victoria se separó y le entregó el micrófono.

«Diles unas palabras, muchacho», lo animó ella en voz alta, fingiendo orgullo.

Elías tomó el frío metal del micrófono.

Miró el inmenso mar de rostros adinerados que esperaban ansiosos.

Miró sus propias manos. Estaban limpias por primera vez en meses, pero aún conservaban los callos del lodo y el frío.

Recordó el hambre. Recordó las noches durmiendo bajo la nieve mientras su cerebro trabajaba sin descanso.

Y de repente, el miedo desapareció por completo.

El terror fue reemplazado por un fuego volcánico, oscuro, implacable y maravillosamente destructor.

Elías no iba a ser el perro faldero de nadie.

Iba a incendiar ese palacio de cristal hasta los cimientos.

El error fatal y la caída de la reina

«Buenas noches», pronunció Elías.

Su voz hizo eco en el inmenso salón. No tembló en lo absoluto. Sonó fuerte, clara y cargada de una autoridad aplastante.

«La señora Victoria tiene mucha razón.»

El joven se giró lentamente para mirar a la empresaria, que mantenía su sonrisa de plástico congelada.

«Este código cambiará la historia del mundo para siempre.»

Elías levantó su mano derecha y apuntó directamente a la pantalla gigante donde estaban proyectadas sus fórmulas.

«Pero hay un pequeño y ligero detalle que la brillante Madame Victoria olvidó mencionarles a ustedes, sus valiosos inversores.»

Victoria frunció el ceño. El pánico animal comenzó a destellar en sus ojos inyectados en sangre.

«Elías…», le susurró ella por lo bajo, intentando arrebatarle el micrófono.

Pero el joven dio un paso atrás, esquivándola.

«¡Abran bien los ojos, señores!», gritó Elías, dirigiéndose a la élite mundial.

«Revisen la línea 402 del código maestro que están proyectando en este mismo instante.»

Varios ingenieros y millonarios de la primera fila fruncieron el ceño, sacando sus gafas para leer la pantalla.

«La ecuación que esta mujer les está vendiendo por billones de dólares… es completamente inútil.»

El salón entero ahogó un grito de asombro y escándalo.

Victoria palideció como un cadáver. Su rostro se desfiguró por el terror.

«¡Está loco! ¡Córtenle el micrófono! ¡Seguridad!», aulló la Reina de Hielo, perdiendo toda la compostura y la elegancia.

Dos enormes guardaespaldas corrieron hacia el escenario.

«¡Atrás!», gritó uno de los jeques árabes más poderosos del salón, poniéndose de pie con sus escoltas personales, apuntando a los hombres de Victoria. «¡Déjenlo hablar!»

Elías, protegido por la curiosidad de los billonarios, continuó su ataque final y demoledor.

«Yo no soy su asistente. Yo no soy un estudiante becado.»

Elías se arrancó la corbata de moño de seda negra y la arrojó al suelo con desprecio.

«Yo soy el vagabundo al que los matones de esta mujer golpearon en la calle hace quince días para robarme mis libretas.»

«Esa letra en la pantalla es mía.»

Elías miró a Victoria con un asco tan inmenso que la redujo a polvo frente a todos.

«Pero como soy un vagabundo inteligente, siempre dejé una variable trampa en mis borradores de papel.»

El genio apuntó nuevamente a la pantalla LED.

«Esa ecuación tiene un bucle infinito en el núcleo de procesamiento.»

«Si ustedes invierten un solo dólar en ese código, los servidores de sus bancos estallarán en menos de tres milisegundos cuando lo enciendan.»

La sala estalló en murmullos de pánico, horror e indignación.

Los ingenieros de los magnates comenzaron a teclear frenéticamente en sus laptops para comprobar la afirmación de Elías.

«¡Es verdad! ¡El chico tiene razón! ¡El código es una bomba de tiempo lógica!», gritó uno de los expertos de Silicon Valley, levantándose de su silla.

Victoria cayó de rodillas sobre el escenario.

Su imperio de miles de millones acababa de ser aniquilado públicamente en menos de tres minutos.

«No… no es cierto… es una mentira…», lloraba la mujer, arruinando su maquillaje caro, arrastrándose hacia las piernas de Elías.

El joven la miró desde arriba con la misma frialdad que ella le había mostrado en la calle helada.

«El único que conoce la variable correcta para encender el algoritmo sin destruirlo…»

Elías se tocó la cabeza con el dedo índice.

«…Soy yo.»

«Y no lo voy a vender por doscientos mil miserables euros en un portafolio oculto.»

El jaque mate del rey de asfalto

El Palacio de Cristal se convirtió en un caos ensordecedor.

Los grandes inversores internacionales se abalanzaron hacia el escenario.

Ya no miraban a Victoria. La habían desechado como basura tóxica.

Todos los hombres más ricos del planeta estaban desesperados por llegar a Elías.

«¡Te ofrezco diez millones por la patente exclusiva, muchacho!», gritó un magnate europeo, empujando a los demás.

«¡Cincuenta millones y tu propio laboratorio en Dubai!», aulló el jeque árabe, levantando la mano.

Elías observaba el frenesí desde el centro del escenario.

El hambre había desaparecido por completo. El frío era solo un mal recuerdo.

Había vencido al sistema clasista y corrupto usando la única arma que jamás pudieron robarle: su mente.

Las sirenas de la policía comenzaron a sonar en las afueras del Palacio.

Alguien había llamado a las autoridades por el fraude masivo que Victoria Blanchard intentaba cometer.

Dos oficiales entraron al salón principal y corrieron hacia el escenario.

Levantaron a Victoria del suelo sin ninguna delicadeza, esposándole las manos llenas de diamantes por detrás de la espalda.

«¡Mi empresa! ¡Mi vida! ¡Tú no eres nadie, eres un maldito vagabundo!», aullaba la mujer, perdiendo completamente la razón mientras era arrastrada hacia la salida frente a las cámaras de la prensa.

Elías la vio desaparecer entre los flashes de los periodistas.

El joven suspiró profundamente, aflojándose el cuello de la camisa blanca a la medida.

El líder del consorcio japonés, el hombre más respetado del lugar, se acercó a Elías con reverencia absoluta.

«Señor… ¿tiene usted la patente de ese algoritmo registrada a su nombre?», le preguntó el anciano millonario con educación suprema.

Elías sonrió por primera vez en años.

Una sonrisa tranquila, afilada y llena de paz.

«Aún no, señor. Estaba esperando la mejor oferta.»

El magnate japonés asintió, sacando una tarjeta negra metálica y una chequera en blanco.

«Ponga usted el número que desee, joven genio. A partir de mañana, usted será el CEO de mi nueva división global.»

Y justo en ese preciso, electrizante y glorioso instante bajo los candelabros de cristal.

Justo cuando el joven que no tenía para comer acepta el trato que lo convertirá en el hombre más poderoso de la industria tecnológica.

El tiempo se detiene por completo en el inmenso salón.

Elías, el vagabundo que derrotó a los gigantes, el hombre que no vendió su alma por un portafolio lleno de sobornos, detiene su firma.

Lentamente, el joven prodigio gira su rostro, ahora impecable y lleno de autoridad pura, hacia un lado.

Y ya no mira el cheque en blanco. No mira a los inversores que le suplican. No mira a los policías arrastrando a su secuestradora.

Mira directamente hacia el vacío infinito. Hacia ti.

Sí, a ti, que estás sosteniendo la pantalla de tu teléfono móvil con las manos tensas, sintiendo la adrenalina, la euforia y la sed de triunfo quemándote el pecho, incapaz de apartar la vista ni un solo segundo.

El nuevo rey del mundo rompe por completo la cuarta pared de su propio universo, y sus ojos oscuros, inmensos y absolutamente invencibles, se clavan exactamente en los tuyos a través del frío cristal de tu pantalla.

Una leve, irónica y maravillosamente letal sonrisa se dibuja en sus labios, reflejando el poder destructivo de la verdadera inteligencia.

«¿De verdad creíste en tu inocencia que yo había dejado esa variable trampa en mis libretas por simple casualidad?»

La voz de Elías, profunda, magnética y envuelta en un genio abrumador, resuena directamente en el interior de tu propia mente, compitiendo con el griterío de los millonarios a su alrededor.

«Esa mujer soberbia y sus guardaespaldas creyeron que me robaron mi trabajo mientras yo dormía indefenso en la calle.»

El joven levanta su mano, señalando con su mirada penetrante hacia la parte inferior de tu pantalla, donde el abismo digital te aguarda pacientemente.

«Ellos no tienen la más mínima, asquerosa y remota idea de que fui yo mismo quien dejó esas libretas expuestas a propósito, sabiendo que las cámaras de seguridad de su empresa me estaban espiando.»

La sonrisa del titán se ensancha, prometiendo la revelación más oscura, calculada y alucinante de la década entera.

«Yo orquesté absolutamente todo, desde la golpiza hasta este rescate teatral, para usar la plataforma multimillonaria de mi enemiga como el escenario perfecto para lanzar mi propio producto al mundo y destruirla en el proceso.»

«Si tienes el cerebro y el estómago suficiente para ver con tus propios ojos las grabaciones secretas donde yo planeo esta trampa maestra meses atrás desde las cloacas de París…»

«Si quieres ser el testigo VIP del momento exacto en el que le revelo a esta mujer en prisión que ella siempre fue el títere de mi experimento social, y ver cómo el verdadero depredador es el que parece la presa más débil…»

«Te reto, te desafío a que bajes ahora mismo a la sección de comentarios de esta publicación.»

«Da un simple clic al enlace oscuro que te dejaré anclado allí, entra conmigo a los archivos encriptados de mi sistema cuántico, y toma asiento en primera fila para descubrir la cruda verdad.»

«Y sé testigo absoluto de que, cuando intentas robarle el cerebro a un genio que no tiene nada que perder… el universo siempre se encargará de que termines pagando con tu propia vida el precio de su libertad.»

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