EL POZO DE LOS REFLEJOS MUERTOS: EL TERROR QUE SE ESCONDÍA EN LA ÚLTIMA GOTA DE AGUA

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la piel erizada y la respiración contenida al ver a este abuelo intentando destruir la única fuente de vida de su familia en medio de una sequía mortal. Prepárate, porque el escalofriante secreto que descubrió su hijo al asomarse a ese pozo oscuro te quitará el sueño esta noche y te hará dudar de tu propio reflejo para siempre.
La tierra que olvidó cómo llorar
El sol en el valle de San Isidro no calentaba; castigaba.
Llevaban ocho meses sin ver una sola gota de lluvia caer del cielo implacable.
La tierra de las granjas se había agrietado, formando un rompecabezas de polvo y muerte que crujía bajo las botas de los campesinos.
Los cultivos de maíz, que alguna vez fueron el orgullo de la región, ahora eran simples esqueletos secos y amarillentos.
El ganado había comenzado a morir semanas atrás, y el olor a carroña se mezclaba con el polvo en el viento caliente.
En medio de este infierno terrenal, se levantaba la humilde finca de la familia Navarro.
Don Elías, el patriarca de setenta años, había nacido y crecido en esa misma tierra.
Era un hombre de piel curtida, manos llenas de callosidades y una fe inquebrantable en el trabajo duro.
Vivía con su único hijo, Marcos, su nuera Clara, y su pequeño nieto de cinco años, Leo.
Para los Navarro, la sequía era una tragedia económica, pero no una sentencia de muerte.
Y la razón de su supervivencia tenía nombre y forma: el viejo pozo de piedra del patio trasero.
Ese pozo era una leyenda en el pueblo de San Isidro.
Había sido excavado a mano por el bisabuelo de Don Elías, más de cien años atrás.
Mientras los arroyos se secaban y los pozos de los vecinos se convertían en agujeros de lodo, el pozo de los Navarro siempre tenía agua.
Era un agua profunda, helada y cristalina.
«El agua de este pozo viene del corazón mismo de la tierra», solía presumir Don Elías cuando era más joven.
Pero esa arrogancia se había transformado en un silencio sepulcral durante las últimas tres semanas.
Elías había cambiado.
El abuelo cariñoso que solía jugar con el pequeño Leo en el porche, ahora parecía un fantasma errante.
Había perdido peso. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras moradas y profundas.
Caminaba arrastrando los pies y pasaba horas enteras mirando fijamente hacia el patio trasero.
Hacia el pozo.
El cambio en el sabor del agua
El primer síntoma de que algo andaba terriblemente mal, pasó casi desapercibido.
Fue un martes por la tarde cuando Clara, la nuera de Elías, sacó un balde de agua fresca para hacer la limonada del almuerzo.
Al darle el primer sorbo, Marcos, su esposo, frunció el ceño con disgusto.
«¿Le pusiste algo raro a esto, Clara?», preguntó Marcos, mirando el fondo de su vaso de cristal.
«Solo limones del huerto y un poco de azúcar», respondió ella, secándose el sudor de la frente. «¿Por qué?»
Marcos se pasó la lengua por los labios.
«Sabe a cobre. Como si hubieras chupado una moneda vieja… y huele un poco a carne descompuesta.»
Clara tomó el vaso y lo olió. Un escalofrío le recorrió la espalda.
Era cierto. El agua, aunque seguía luciendo cristalina, tenía un aroma metálico, dulce y profundamente nauseabundo.
«Debe ser que el nivel del agua ha bajado tanto que estamos sacando los minerales del fondo», sugirió Marcos, intentando ser lógico.
«Tendremos que hervirla dos veces antes de dársela al niño», decidió Clara, preocupada.
Pero Don Elías, que estaba sentado en la cabecera de la mesa, no probó su vaso.
Miraba el agua quieta en su recipiente con un terror apenas disimulado.
Sus manos temblaban tanto que tuvo que esconderlas debajo de la mesa de madera.
«No deberíamos beber más de esa agua», susurró el anciano.
Su voz sonó ronca, rota, como si sus cuerdas vocales estuvieran resecas.
«Papá, es la única agua que tenemos en kilómetros», le recordó Marcos con un tono de frustración. «Si no bebemos, moriremos de sed.»
«Hay cosas peores que morir de sed, hijo», sentenció Elías, levantándose de la mesa sin probar bocado.
Marcos y Clara intercambiaron una mirada de preocupación.
Pensaron que el calor implacable de la sequía estaba afectando la mente del anciano.
La demencia senil era común cuando la deshidratación y el estrés atacaban a las personas mayores.
Pero no era demencia.
Elías no estaba perdiendo la razón. Estaba ganando una lucidez aterradora.
Porque solo él sabía lo que había sacado del pozo la noche anterior.
Los ecos en la madrugada
Todo había comenzado tres noches atrás.
Eran las tres de la madrugada, y el calor sofocante no dejaba dormir a Don Elías.
La sed le raspaba la garganta como papel de lija.
No quiso despertar a Clara para pedirle agua hervida, así que tomó una linterna y caminó hacia el patio trasero.
La noche estaba extrañamente silenciosa. Ni siquiera los grillos cantaban.
La luna llena iluminaba el viejo brocal de piedra del pozo, dándole un aspecto espectral.
Elías enganchó el balde de madera a la cuerda gruesa y lo dejó caer hacia la oscuridad.
Escuchó el eco lejano del cubo golpeando la superficie del agua.
¡Splash!
Pero el sonido fue diferente esta vez.
No sonó a líquido salpicando. Sonó espeso, denso, como si el balde hubiera golpeado un charco de lodo viscoso.
El anciano frunció el ceño y comenzó a girar la manivela oxidada para subir la carga.
La cuerda estaba inusualmente pesada.
Los músculos de sus viejos brazos ardían por el esfuerzo, y la madera de la manivela crujía amenazadoramente.
«¿Qué diablos hay allá abajo?», murmuró Elías, respirando con dificultad.
Finalmente, el balde emergió de la profunda oscuridad del pozo.
Elías apuntó su linterna hacia el interior del recipiente.
El agua no era cristalina.
Estaba teñida de un color rojo oscuro, casi negro. Parecía sangre coagulada.
Pero eso no fue lo que hizo que el anciano soltara la linterna del susto.
Flotando en la superficie de esa agua roja, había algo.
Eran mechones de cabello negro, enredados como algas marinas, y en el centro…
Un pedazo de tela desgarrada que Elías reconoció de inmediato.
Era un trozo de la camisa a cuadros que su hijo Marcos llevaba puesta ese mismo día.
El pánico se apoderó del anciano.
Tiró el balde de regreso al pozo, retrocediendo a tropezones hasta chocar con el cerco de madera.
Se frotó los ojos con fuerza, creyendo que era una pesadilla febril.
Cuando volvió a asomarse, minutos después, el agua que subió estaba perfectamente limpia.
Cristalina. Helada. Sin rastro de sangre ni cabello.
Pero desde el fondo del pozo, subiendo por las paredes de piedra húmeda, Elías escuchó un sonido.
No era el viento. No era el eco del agua.
Era un susurro.
Alguien estaba repitiendo su nombre, imitando la voz exacta de su nieto, Leo.
«Abuelito… tengo sed… baja a ayudarme…»
Elías corrió hacia la casa, cerró todas las cerraduras y se acurrucó en su cama, temblando hasta que salió el sol.
El cemento y la locura
Durante los siguientes días, el comportamiento de Elías se volvió errático y peligroso.
Vació todos los recipientes de agua que Clara había almacenado en la cocina.
Arrancó la cuerda del pozo y la quemó en el patio trasero.
«¡Papá, por Dios, ¿qué estás haciendo?!», le gritaba Marcos, enfurecido y desesperado.
«¡Estamos en medio de la peor sequía de la década y estás desperdiciando lo único que nos mantiene vivos!»
«¡Esa agua está podrida, Marcos!», lloraba el anciano, aferrándose a la camisa de su hijo.
«¡Hay algo ahí abajo! ¡El pozo está enfermo! ¡Tenemos que irnos de esta granja!»
Marcos lo empujaba suavemente, convencido de que su padre había perdido el juicio por completo.
«No nos vamos a ir a ninguna parte. Esta es nuestra tierra», sentenciaba el hijo, terco y frustrado.
Clara tuvo que empezar a sacar agua a escondidas, mientras el anciano dormía.
Pero la tensión en la casa era una bomba de tiempo a punto de estallar.
Y la explosión llegó el jueves al mediodía, bajo el sol más implacable del año.
Marcos estaba en el granero, intentando reparar el motor de su vieja camioneta, cuando escuchó los gritos de su esposa.
«¡Marcos! ¡Marcos, ven rápido! ¡Tu padre enloqueció!»
El joven dejó caer la llave inglesa y salió corriendo hacia el patio.
La escena que encontró frente a la casa lo dejó sin aliento.
Don Elías, a pesar de sus setenta años y su aparente fragilidad, estaba trabajando con una energía maníaca y demoníaca.
Había arrastrado tres costales de cemento de cincuenta kilos desde la bodega hasta el borde del pozo.
Con una pala oxidada, estaba mezclando el polvo gris con la poca agua que quedaba en un abrevadero.
Estaba llorando, sudando a mares, con el rostro cubierto de polvo y lágrimas.
Y con cada palada de mezcla espesa que preparaba, la arrojaba directamente hacia la oscuridad del pozo.
¡Plash! ¡Plash!
El sonido del cemento pesado cayendo al agua profunda resonaba como latidos arrítmicos.
«¡Papá! ¡Detente!», gritó Marcos, corriendo hacia él a toda velocidad.
«¡No! ¡Tengo que sellarlo! ¡Tengo que cerrarlo antes de que salga!», aullaba el anciano, moviendo la pala frenéticamente.
Marcos llegó hasta él y lo agarró por los hombros, intentando arrebatarle la pala de las manos.
La advertencia ignorada
«¡Suelta eso, papá! ¡Nos vas a matar de sed a todos!», rugía el hijo, forcejeando con el anciano.
Pero Don Elías tenía la fuerza sobrenatural de los desesperados.
«¡Marcos, escúchame! ¡Esa cosa se está alimentando de nosotros!», lloraba el abuelo, pataleando y aferrándose a la herramienta.
Clara llegó corriendo, abrazando al pequeño Leo, que lloraba asustado por los gritos de su padre y su abuelo.
«¡Marcos, ten cuidado, le vas a hacer daño!», suplicaba Clara desde una distancia segura.
El sol caía a plomo. El sudor nublaba la visión de los dos hombres que luchaban al borde del abismo.
Finalmente, la juventud se impuso.
Marcos logró torcerle la muñeca a su padre, obligándolo a soltar la pala, que cayó ruidosamente sobre las piedras.
Elías cayó de rodillas sobre el polvo, sollozando de forma desgarradora, completamente derrotado.
«Me quitaste la pala… ahora nos llevará a todos», murmuró el anciano, meciéndose de adelante hacia atrás.
Marcos respiraba con agitación, sintiendo una mezcla de rabia, lástima y profundo agotamiento.
«Basta de locuras, papá», sentenció el joven, frotándose los ojos llenos de polvo de cemento.
«Voy a bajar a ver qué tanto daño le hiciste al agua. Espero no haber perdido la única fuente de vida de esta granja.»
Marcos se acercó al brocal del pozo de piedra, apoyando ambas manos en el borde áspero.
Al escuchar sus palabras, Don Elías abrió los ojos desmesuradamente.
El terror más puro y primitivo se apoderó del rostro del anciano.
«¡No, Marcos! ¡No mires!», aulló el abuelo, estirando una mano temblorosa hacia su hijo.
«¡Te lo suplico por el alma de tu madre! ¡No mires hacia abajo!»
«Tranquilízate, papá», respondió Marcos, harto de los delirios. «Solo voy a ver el nivel del agua.»
«¡Es una trampa! ¡Lo que está ahí abajo no es agua!», gritaba Elías, arrastrándose por el suelo para intentar detenerlo.
Pero ya era demasiado tarde.
Marcos se inclinó sobre el agujero de piedra.
Y la oscuridad de las profundidades lo recibió con un abrazo helado.
El abismo que devolvía la mirada
Al asomarse al pozo, lo primero que golpeó a Marcos fue un olor insoportable.
No era el olor fresco de la tierra mojada o de la piedra húmeda.
Era un hedor dulce, metálico y nauseabundo. Exactamente igual al de la carne que se había podrido bajo el sol del granero.
Un viento frío, antinatural en medio de aquel día caluroso, sopló desde las profundidades, erizándole los vellos de los brazos.
El agujero tenía unos quince metros de profundidad.
Las paredes de piedra estaban cubiertas de musgo oscuro, y en el fondo, reinaba la negrura absoluta.
Marcos entrecerró los ojos, intentando que sus pupilas se acostumbraran a la falta de luz.
Abajo, el sonido del agua era constante.
Un ligero goteo rítmico que resonaba en la caverna subterránea. Plip… plop… plip…
«No se ve nada, papá. Arrojaste el cemento y seguro enturbiaste todo», gruñó Marcos, sin apartar la vista.
«¡Apártate de ahí, Marcos!», lloraba Clara, sintiendo un escalofrío inexplicable recorrerle la nuca.
Pero Marcos no podía apartarse.
Algo en el fondo del pozo estaba captando la poca luz que se filtraba desde arriba.
La superficie del agua comenzó a calmarse de las ondas que el cemento había causado.
Poco a poco, el agua oscura se volvió tan plana e inmóvil que parecía un inmenso espejo de obsidiana negra.
Marcos miró hacia abajo, buscando su propio reflejo en el fondo oscuro.
Y lo encontró.
Vio la silueta de sus hombros. Vio la forma de su cabeza.
Vio su camisa a cuadros asomándose en el espejo de agua.
«Ves, viejo loco», murmuró Marcos, soltando un suspiro de alivio. «Solo es agua. Veo mi reflejo…»
La frase se le atoró en la garganta.
Las palabras murieron en sus labios antes de que pudiera pronunciarlas por completo.
El corazón de Marcos dio un salto violento, chocando contra sus costillas con tanta fuerza que le dolió físicamente.
El aire abandonó sus pulmones.
Porque al observar su reflejo con detenimiento, el joven granjero notó un detalle que paralizó cada célula de su cuerpo.
El reflejo no era él.
La silueta en el agua llevaba su camisa a cuadros, sí. Tenía la forma de sus hombros, sí.
Pero el rostro… el rostro no era humano.
Lo que devolvía la mirada desde el fondo del pozo era una abominación indescriptible.
Una piel pálida, casi translúcida, de un color blanco enfermizo como la barriga de un pez muerto.
No tenía nariz. No tenía cejas.
En lugar de ojos, la criatura tenía dos profundos agujeros negros, vacíos y supurantes, que parecían tragar la poca luz del día.
Y la boca… la boca era inmensa.
Se extendía de oreja a oreja, abriéndose en una sonrisa grotesca, antinatural, revelando cientos de dientes afilados como agujas de cristal.
Marcos sintió que la mente se le fracturaba.
Intentó retroceder. Intentó empujarse hacia atrás con los brazos, pero estaba congelado.
El terror absoluto, un miedo primitivo y paralizante, había desactivado sus músculos.
Estaba hipnotizado por la mirada vacía de la criatura que habitaba en su propia agua.
Y entonces, lo peor sucedió.
Marcos, temblando incontrolablemente, levantó lentamente su mano derecha hacia su propio rostro.
En el fondo del pozo, la criatura imitó el movimiento.
Levantó un brazo largo, desproporcionado, de color grisáceo, con dedos que terminaban en garras afiladas.
Pero el movimiento en el agua tuvo un retraso.
La criatura no estaba reflejando a Marcos. Estaba copiando sus movimientos para burlarse de él.
Y mientras la mano monstruosa subía en la oscuridad del agua, la criatura abrió más su horrible mandíbula.
Un sonido emergió desde el fondo del pozo.
No fue un rugido. No fue un grito.
Fue la voz exacta de Clara, su esposa.
«Baja, Marcos… el agua está fresca… baja con nosotros…»
El eco de esa voz imposible retumbó en las paredes de piedra, llenando la mente del joven de pura locura.
Las garras en la oscuridad
Marcos soltó un grito ahogado, un sonido patético y agudo que no parecía pertenecer a un hombre fuerte.
El pánico finalmente le devolvió el control de sus músculos.
Dio un salto hacia atrás, alejándose del borde del pozo como si este estuviera en llamas.
Chocó torpemente contra la tierra seca, cayendo de espaldas sobre el polvo, jadeando y respirando con desesperación.
«¡Marcos! ¡¿Qué pasa?!», gritó Clara, corriendo hacia él, soltando la mano del pequeño Leo.
«¡Aléjate! ¡No te acerques al agujero!», rugió Marcos, arrastrándose hacia atrás como un cangrejo asustado.
El joven granjero estaba pálido como un cadáver. Sudaba a mares.
Sus ojos estaban desorbitados, inyectados en sangre, incapaces de procesar la magnitud del horror que acababa de presenciar.
«Te lo dije, hijo… te lo dije», lloraba Don Elías, acurrucado en el polvo, cubriéndose la cabeza con las manos.
«No es agua. Es el pozo de las almas. Se alimenta de la sed.»
Marcos miró a su padre.
Ya no vio a un anciano senil y delirante. Vio al hombre más cuerdo y valiente de la tierra.
Elías había soportado noches enteras escuchando a esa abominación imitar las voces de su familia.
Había cargado bultos de cincuenta kilos de cemento solo, intentando proteger a su sangre del monstruo subterráneo.
«¿Qué viste, Marcos? ¡Por Dios, háblame!», suplicaba Clara, llorando de miedo al ver la expresión desencajada de su esposo.
Marcos no pudo responderle.
Solo señaló el pozo de piedra con un dedo tembloroso.
Desde el interior del agujero, se escuchó un sonido escalofriante.
El ruido del agua agitándose violentamente. Plash… plash…
Pero no era el goteo rítmico de antes.
Era el sonido de algo inmenso, pesado y mojado, emergiendo a la superficie.
Y luego, el sonido de garras afiladas raspando contra las piedras húmedas de las paredes interiores.
Scrrrch… scrrrch…
La criatura estaba escalando.
La cosa que vivía en el agua había dejado de imitar reflejos y ahora venía por ellos.
El olor a carne podrida y cobre se intensificó, invadiendo todo el patio trasero, asfixiando el calor del día.
«¡Clara! ¡Llévate al niño al auto! ¡Corre!», rugió Marcos, poniéndose de pie de un salto.
El instinto de supervivencia paternal había reemplazado al terror paralizante.
«¡Las llaves, saca las llaves y enciende el motor! ¡Ahora!»
Clara no hizo preguntas.
El tono de voz de su esposo y el asqueroso sonido de las garras trepando por la piedra fueron suficientes.
Agarró al pequeño Leo en brazos y corrió a toda velocidad hacia la polvorienta camioneta estacionada cerca del granero.
Marcos se giró hacia su padre.
Don Elías seguía en el suelo, llorando, esperando la muerte.
«¡Levántate, papá! ¡Ayúdame!», le gritó el hijo, tirando de él por el brazo.
El sello definitivo
El sonido de la criatura trepando estaba cada vez más cerca.
El raspado de las garras contra la piedra hacía eco, sonando a menos de cinco metros de la superficie.
«¡No podemos dejarlo abierto, Marcos!», gritó el anciano, recuperando un poco de fuerza. «¡Saldrá y nos cazará de noche!»
Marcos miró a su alrededor de forma frenética.
Vio la pala. Vio los bultos de cemento que quedaban y el abrevadero con la mezcla espesa.
Pero eso no sería suficiente ni lo bastante rápido para tapar la boca del pozo.
Su mirada se posó en la pesada tapa de acero y hierro fundido que su bisabuelo había forjado décadas atrás.
Una tapa redonda, inmensa, que llevaba años oxidándose apoyada contra la pared del granero.
Pesaba fácilmente más de ciento cincuenta kilos.
«¡La tapa, papá! ¡Ayúdame a mover la tapa de acero!», rugió Marcos, corriendo hacia el pesado objeto.
Padre e hijo, unidos por el terror más absoluto, agarraron los extremos de la pesada placa de metal oxidado.
Los músculos de Marcos ardían. Las articulaciones de Elías crujían por el esfuerzo sobrehumano.
Arrastraron la pesada tapa por el polvo, dejando un surco profundo en la tierra seca.
Scrrrch… clack… scrrrch…
El sonido dentro del pozo estaba casi en la superficie.
Una neblina negra y gélida comenzó a emanar del agujero de piedra, oscureciendo la luz del sol alrededor del brocal.
De repente, una garra pálida, larga y grisácea, apareció sobre el borde del pozo.
Los dedos, que medían más de veinte centímetros, se aferraron a la piedra con una fuerza que partió el musgo seco.
Marcos ahogó un grito de puro terror.
«¡Empuja, papá! ¡Empuja con tu vida!», gritó el joven.
Con un último y desesperado empuje, padre e hijo deslizaron la inmensa placa de acero directamente sobre la boca del pozo.
El pesado metal cayó en su lugar con un estruendo brutal.
¡CLANG!
La placa de hierro aplastó los dedos de la garra grisácea que se asomaba por el borde.
Un chillido ensordecedor, agudo y antinatural, estalló desde las profundidades.
El sonido era tan potente que hizo vibrar el suelo bajo los pies de Marcos.
El monstruo retiró su mano mutilada hacia la oscuridad.
Pero el terror aún no terminaba.
Marcos sabía que esa simple tapa no detendría a una aberración de ese tamaño.
Corrió hacia la carretilla donde su padre había estado preparando el cemento.
Agarró la pala y comenzó a echar la mezcla espesa y gris directamente sobre los bordes de la tapa de hierro, sellando cada fisura, cada espacio entre el metal y la piedra.
Don Elías, llorando de alivio y pánico, rasgaba los costales secos de cemento con las manos desnudas y arrojaba el polvo sobre los bordes.
Trabajaron como máquinas, ciegos, sordos a todo lo que no fuera sellar ese infierno para siempre.
Desde abajo, la criatura golpeaba la gruesa placa de hierro.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
Cada golpe hacía temblar la estructura, pero el hierro forjado de más de cinco centímetros de grosor no cedió.
El cemento fresco comenzó a endurecerse rápidamente bajo el calor implacable del sol del mediodía, sellando el pozo en una tumba hermética y definitiva.
La fuga hacia la vida
Los golpes desde el interior del pozo comenzaron a volverse más lentos, más débiles.
La criatura, atrapada de nuevo en la oscuridad, emitió un último lamento ahogado, imitando la voz de Clara una vez más, suplicando que abrieran.
Pero padre e hijo ya no estaban escuchando.
Marcos soltó la pala. Sus manos estaban llenas de ampollas reventadas y sangrantes.
Agarró a su padre por los tirantes del overol.
«Vámonos. Ahora», ordenó Marcos.
Corrieron hacia la camioneta, que ya estaba encendida con Clara al volante, pálida y llorando de histeria.
Marcos empujó a su padre al asiento trasero junto al niño y saltó al asiento del copiloto.
«¡Acelera, Clara! ¡No mires atrás, solo pisa el acelerador!», rugió Marcos.
La camioneta derrapó sobre el polvo seco de la granja, levantando una nube de tierra amarillenta.
El vehículo salió de la propiedad a toda velocidad, abandonando la tierra de sus ancestros sin llevarse ni un solo mueble, ni una sola fotografía.
Solo llevaban sus vidas y el terror incrustado en el alma.
Mientras se alejaban por la carretera de tierra, dejando atrás el valle de San Isidro, Marcos miró por el espejo retrovisor.
La granja se perdía en la distancia, envuelta en la bruma de calor de la sequía.
La casa quedó abandonada, los cultivos secos, y en el patio trasero, una inmensa tumba de piedra y hierro, sellada con cemento.
Nunca regresaron.
Las autoridades del condado visitaron la granja meses después por el impago de impuestos.
Encontraron la propiedad abandonada y el pozo clausurado de forma permanente.
Pensaron que la familia había huido a la ciudad por la ruina económica de la sequía.
Nadie intentó abrir el pozo. Nadie se molestó en picar el cemento endurecido.
Y fue lo mejor que le pudo haber pasado al mundo.
Hoy en día, Marcos vive en un pequeño apartamento en la ciudad, a cientos de kilómetros de distancia de cualquier rancho.
Trabaja en una fábrica y gana lo justo para vivir.
Pero hay un detalle que nunca lo abandona, una herida psicológica que el tiempo no ha podido curar.
Marcos no tiene espejos en su casa. Ninguno.
Y cada vez que su esposa sirve un vaso de agua en la mesa del comedor…
Marcos evita mirarlo.
Porque sabe, con la certeza más absoluta y aterradora, que hay abismos que nunca dejan de observarnos.
Y que a veces, cuando miras demasiado tiempo hacia la oscuridad… la oscuridad decide devolverte la sonrisa.
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