El precio de la lealtad: La cazafortunas que intentó seducir a un millonario sin saber que despertaría al guardián de un amor inquebrantable

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la sangre hirviendo y un nudo en la garganta al ver el descaro y la asquerosa soberbia de esta mujer intentando destruir un matrimonio. Prepárate, porque la gélida, brutal y majestuosa lección de moral que este hombre le da frente a todos, y la forma en que defiende el honor de su esposa, te dejarán absolutamente sin aliento y aplaudiendo de pie.
El santuario de cristal y la reina de las sombras
El bar del «Grand Horizon Hotel» no era un simple lugar para tomar un trago al final del día.
Ubicado en el último piso del rascacielos más exclusivo, inalcanzable y costoso de la metrópolis, era un auténtico refugio para la élite.
Sus inmensos ventanales de cristal blindado ofrecían una vista panorámica, hipnótica y deslumbrante de las luces de la ciudad que latía a sus pies.
El interior era un espectáculo visual diseñado estratégicamente para intimidar a cualquiera que no tuviera una cuenta bancaria con nueve ceros.
El piso de mármol negro reflejaba las luces tenues y cálidas de los candelabros de diseño italiano.
El aire estaba perpetuamente climatizado a una temperatura perfecta, casi calculadora.
Allí adentro siempre flotaba un olor inconfundible, embriagador y profundamente elitista.
Una mezcla de madera de roble, tabaco importado, champaña añeja y perfumes franceses que costaban miles de dólares la onza.
Y moviéndose entre este ecosistema de porcelana fina y sonrisas falsas, como un depredador acechando en la oscuridad, se encontraba Isabella.
A sus veintiocho años, Isabella era una mujer que había dedicado cada segundo de su vida adulta a perfeccionar el arte del engaño y la seducción.
Poseía una belleza innegable, afilada y peligrosa.
Pero debajo de ese rostro de revista, habitaba un alma fría, calculadora y devorada por un materialismo tóxico y asfixiante.
Isabella vestía un vestido de seda rojo escarlata, ajustado a la perfección a su figura, con un escote diseñado específicamente para paralizar la voluntad de los hombres.
Llevaba el cabello oscuro cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros, y unos labios pintados del mismo color de la ambición.
En sus pies, unos altísimos tacones de diseñador que resonaban como un metrónomo marcando el tiempo de su cacería.
Para Isabella, el valor absoluto e innegable de un ser humano se medía única y exclusivamente por el límite de su tarjeta de crédito.
Los hombres no eran personas para ella; eran simples peldaños en su escalera hacia el lujo.
Cajeros automáticos con pulso y debilidades carnales.
Esa fría noche de jueves, el bar estaba inusualmente tranquilo, envuelto en las notas melancólicas de un saxofón en vivo.
Isabella paseaba su mirada de halcón por las mesas, descartando rápidamente a los ejecutivos de bajo nivel y a los turistas aburridos.
Buscaba a la presa mayor. Al pez gordo.
Y entonces, en el rincón más exclusivo y apartado de la inmensa barra de caoba, lo vio.
El objetivo perfecto estaba servido en bandeja de plata.
El objetivo perfecto en la barra de caoba
Sentado en un pesado taburete de cuero negro, bebiendo un vaso de whisky puro en absoluto silencio, estaba Alejandro.
A sus treinta y ocho años, Alejandro era uno de los titanes financieros más poderosos, temidos y respetados de todo el continente.
Dueño absoluto de un imperio tecnológico y de bienes raíces que controlaba la mitad de la ciudad.
Vestía un traje sastre gris oscuro hecho a la medida, sin corbata, con el primer botón de la camisa desabrochado, revelando el cansancio de un día brutal de negocios.
En su muñeca izquierda, descansaba un reloj suizo de edición limitada que costaba más que la casa de cualquier ciudadano promedio.
Alejandro emanaba un aura de poder aplastante, pero al mismo tiempo, una soledad profunda.
Estaba solo.
Su mirada estaba clavada en los hielos que flotaban en su vaso de cristal, perdido en sus propios y complejos pensamientos corporativos.
Isabella sonrió. Una sonrisa torcida, maníaca y profundamente depredadora.
Ella conocía perfectamente quién era él. Había estudiado las revistas de negocios y las páginas de sociales de la alta sociedad.
Sabía que Alejandro era un hombre casado.
Pero también sabía, gracias a sus contactos en el hotel, un detalle crucial, oscuro y perfecto para su plan.
Su esposa, Sofía, estaba fuera del país. Se encontraba en París, en una conferencia de arte que duraría dos semanas.
«Un hombre multimillonario, estresado, con demasiado poder y su esposa a miles de kilómetros de distancia», pensó Isabella, saboreando la victoria antes de tiempo.
Para la retorcida mente de la mujer de rojo, esa era la ecuación perfecta para la infidelidad.
Creyó, en su inmensa y estúpida soberbia, que todos los hombres ricos eran iguales.
Que el dinero y el poder inevitablemente corrompían el alma, volviéndolos esclavos de sus instintos más básicos y primitivos.
Estaba convencida de que un escote profundo y una insinuación directa harían que este titán cayera de rodillas a sus pies, abriéndole las puertas de sus cuentas bancarias.
Isabella se acomodó el cabello, respiró profundo para inflar su ego y comenzó a caminar.
Sus tacones resonaron sobre el mármol negro.
Clac. Clac. Clac.
Caminaba con la cadencia de una serpiente venenosa deslizándose hacia un nido desprotegido.
El vestido rojo y la propuesta envenenada
Llegó hasta la barra de caoba y tomó asiento en el taburete vacío que estaba exactamente al lado del magnate.
El intenso perfume dulce y embriagador de Isabella invadió el espacio personal de Alejandro al instante.
«Un martini seco, por favor. Con dos aceitunas», le ordenó ella al barman, sin apartar la mirada del perfil del millonario.
Alejandro no se inmutó. No giró la cabeza.
Siguió mirando el fondo de su vaso de whisky, como si la despampanante mujer de rojo fuera completamente invisible.
Esa indiferencia inicial solo encendió más la llama de la ambición y el desafío en el interior de Isabella.
«Es una noche demasiado fría para beber a solas, ¿no le parece, señor Alejandro?», susurró la mujer.
Su voz era aguda, aterciopelada y peligrosamente persuasiva. Un veneno endulzado.
Alejandro detuvo el movimiento de su vaso.
Lentamente, giró su rostro y clavó sus oscuros, cansados y afilados ojos en la mujer que tenía a su lado.
No la miró con deseo. No bajó la vista hacia el escote provocativo que ella le exhibía descaradamente.
La miró con una frialdad clínica, analítica y carente de cualquier tipo de emoción humana.
«A veces, el silencio es la mejor compañía», respondió Alejandro, con una voz grave y cortante que habría intimidado a cualquiera.
Pero Isabella era inmune al rechazo sutil. Ella vivía de romper barreras.
La mujer se inclinó ligeramente hacia él, acortando la distancia de seguridad, rozando casi el hombro del traje de diseñador del millonario.
«El silencio es aburrido. Un hombre con su… poder y su posición, no debería aburrirse en la cima del mundo.»
Isabella tomó su copa de martini, humedeciendo sus labios pintados de rojo con un movimiento calculado.
«Leí en las noticias que su encantadora esposa, Sofía, está en Europa disfrutando de la moda parisina», deslizó la cazafortunas, soltando su mejor carta.
«Debe ser difícil. Tantas responsabilidades aquí, tanto estrés acumulado en sus hombros anchos…»
«Y una cama tan grande y vacía esperándolo en su penthouse esta noche.»
La propuesta estaba sobre la mesa. Clara, obscena, directa y asquerosamente descarada.
Isabella le clavó la mirada, esperando ver la chispa de la tentación, el brillo de la lujuria en los ojos del poderoso hombre de negocios.
Esperaba que él sonriera, que le ofreciera pagar su cuenta y que le susurrara el número de su habitación en el oído.
Había funcionado decenas de veces con otros directivos, políticos y herederos de la ciudad.
El silencio que cayó sobre esa pequeña sección de la barra fue denso, pesado y asfixiante.
El barman, que había escuchado todo desde lejos, se retiró discretamente hacia el otro extremo, sabiendo que la tensión era radioactiva.
El hielo en la mirada del rey
Alejandro no sonrió.
Su rostro se transformó en una máscara de piedra impenetrable, gélida y absolutamente aterradora.
El color, la calidez y cualquier rastro de cortesía diplomática abandonaron su expresión en una milésima de segundo.
Miró a la mujer de rojo de arriba abajo, no con la admiración de un depredador sexual, sino con el asco visceral que produce ver una plaga.
«¿Qué fue lo que dijiste?», preguntó Alejandro.
Su voz ya no era un murmullo cansado.
Había descendido una octava completa. Era un sonido oscuro, profundo y cargado de una advertencia letal que paralizaba el aire.
Isabella sintió que un pequeño cubo de hielo le bajaba por la espina dorsal, pero su arrogancia le impidió retroceder.
«Dije que… que los hombres exitosos como tú necesitan relajarse. Que un secreto entre dos no le hace daño a nadie que esté a un océano de distancia», balbuceó ella, forzando una sonrisa seductora que ahora parecía una mueca patética.
«El dinero compra discreción, Alejandro. Y yo soy muy, muy discreta.»
El error de cálculo estaba consumado. La sentencia de muerte social acababa de ser firmada por su propia boca.
Alejandro no levantó la mano para llamar a seguridad. No pidió la cuenta para huir del acoso.
Lo que hizo a continuación destrozó por completo el frágil y asqueroso castillo de naipes de la cazafortunas.
Con un movimiento brusco, violento y cargado de una furia incontrolable…
Alejandro levantó su pesado vaso de cristal grueso que contenía el whisky.
Y lo estrelló brutalmente contra la impecable barra de caoba maciza.
El eco de un vaso estrellado contra la soberbia
¡CRAAAAASH!
El sonido ensordecedor del cristal rompiéndose resonó como un disparo en la acústica perfecta del exclusivo bar.
El vaso no se rompió del todo, pero el golpe fue tan masivo y violento que el licor ámbar y los hielos salieron volando por todas partes.
Salpicando el fino vestido de seda rojo de Isabella y manchando la manga del propio traje del millonario.
La música de jazz en vivo se detuvo de golpe.
Los músicos bajaron sus instrumentos, asustados.
Las decenas de millonarios, ejecutivos y mujeres de la alta sociedad que estaban en el lugar se giraron de inmediato.
Sus miradas se clavaron como reflectores sobre la pareja en la barra.
El silencio sepulcral, espeso y espeluznante se apoderó de todo el piso superior del rascacielos.
Isabella dio un respingo, ahogando un pequeño grito de terror puro, encogiéndose en su taburete.
La sangre y la arrogancia abandonaron su rostro de inmediato, dejándola pálida como un cadáver bajo el maquillaje.
«¿Tú crees que puedes venir aquí, sentarte a mi lado y ponerle un maldito precio a mi lealtad?», rugió Alejandro.
Su voz ya no era la de un ejecutivo de escritorio. Era la de un león enfurecido defendiendo lo más sagrado de su territorio.
«¿Crees, en tu inmensa, patética y asquerosa estupidez, que un vestido rojo barato y un perfume dulce son suficientes para hacerme traicionar a la mujer que me dio la vida?»
Isabella temblaba incontrolablemente. Quiso bajarse del taburete, quiso huir corriendo hacia los ascensores.
Pero el miedo físico y la mirada asesina de Alejandro la mantuvieron clavada, paralizada como un insecto en un alfiler.
«A-Alejandro… yo no quise… fue una broma…», balbuceó la mujer, con la voz rota y aguda por el pánico atroz.
«¡Cállate la boca y escúchame bien!», la cortó el magnate, inclinándose hacia ella, invadiendo su espacio con una autoridad brutal.
«Ustedes, las sanguijuelas que rondan estos hoteles, ven el traje a la medida, el reloj de diamantes y la cuenta de banco llena de millones.»
«Ven el resultado final y asumen que nací en una cuna de oro, que el dinero me hizo un monstruo superficial como ustedes.»
Alejandro se arrancó el reloj de edición limitada de su muñeca con violencia y lo arrojó sobre la barra de caoba, donde tintineó junto a los hielos.
«Pero tú no tienes la más maldita y remota idea de quién soy. Ni de dónde vengo.»
Las cicatrices de la miseria y el ángel que no huyó
El silencio en el bar era tan absoluto que se podía escuchar la respiración agitada de la mujer de rojo.
Todos los invitados VIP escuchaban la humillación con morbosa atención.
«Hace quince años, Isabella», comenzó Alejandro, con una voz que destilaba un dolor antiguo y una furia sagrada.
«Yo no estaba sentado en hoteles de cinco estrellas bebiendo whisky importado.»
«Hace quince años, yo vivía en un maldito cuarto de azotea que olía a humedad, a óxido y a desesperación pura.»
«Dormía en un colchón tirado en el suelo, me bañaba con agua helada de una cubeta y no tenía un solo centavo para pagar la luz.»
Los ojos oscuros de Alejandro se humedecieron, pero no de debilidad, sino de una memoria ardiente y poderosa.
«Yo era un don nadie. Un fracasado con un proyecto de empresa de tecnología que cien bancos diferentes habían rechazado y tirado a la basura en mi cara.»
«Todo el mundo me dio la espalda. Mis amigos se alejaron. Mi propia familia me dijo que me rindiera y buscara un trabajo de obrero.»
Alejandro señaló con un dedo acusador directamente al pecho de la aterrorizada mujer.
«Mujeres como tú, que hoy me ofrecen su cuerpo en bandeja de plata, cruzaban la calle con asco cuando me veían pasar con mis zapatos rotos.»
«Pero en medio de toda esa inmensa y oscura miseria, de esa pobreza asfixiante que te quita las ganas de vivir…»
«Hubo una sola persona que no huyó. Un solo ser humano que se quedó a mi lado cuando no había nada que ganar.»
«Sofía.»
El nombre de su esposa salió de los labios de Alejandro no como una palabra, sino como una oración religiosa.
«Esa mujer que hoy está en París… esa mujer que tú intentaste pisotear hace un minuto con tus asquerosas insinuaciones…»
«Ella, teniendo una carrera brillante y un futuro asegurado, renunció a sus propios sueños para sostener los míos.»
«Ella trabajaba doble turno en un restaurante de mala muerte como mesera, aguantando humillaciones, solo para poder comprar mi comida.»
Las lágrimas de pura indignación y gratitud reprimida asomaron en los ojos del gigante corporativo.
«Yo vi a mi esposa, al amor de mi vida, comer simples platos de arroz blanco durante meses enteros, mintiéndome en la cara, diciéndome que no tenía hambre…»
«Solo para que yo pudiera comerme el único pedazo de carne que podíamos comprar esa semana y tuviera fuerza para seguir programando.»
La multitud de millonarios escuchaba en completo estado de shock. Algunas mujeres en las mesas cercanas se llevaron las manos a la boca, conmovidas hasta las lágrimas por la cruda revelación.
Isabella lloraba en silencio. No por empatía, sino por la aplastante y brutal humillación pública que estaba sufriendo frente a toda la alta sociedad de la ciudad.
«Ella vendió a escondidas el único recuerdo de su abuela muerta, un anillo de oro viejo, para pagar el alquiler del servidor donde subí mi primera aplicación», continuó Alejandro, implacable.
«Sofía sostuvo mi mano en la sala de urgencias cuando colapsé por el estrés y la desnutrición.»
«Sofía secó mis lágrimas de frustración a las tres de la madrugada cuando sentía que me volvía loco.»
«Ella fue el escudo de acero que protegió mi mente cuando el mundo entero me escupía en la cara.»
La corona de la lealtad y el juicio final
Alejandro se enderezó, recuperando toda su inmensa y aterradora estatura.
Miró a la mujer del vestido rojo, que ahora parecía encogida, minúscula, reducida a polvo frente a la grandeza moral del hombre que intentó seducir.
«El dinero que hoy tengo, el poder que ostento, no me pertenece solo a mí», sentenció el magnate con voz de trueno.
«Le pertenece en su totalidad, en cuerpo y alma, a la reina que se ensució las manos en el lodo conmigo para construir este castillo desde los cimientos.»
«La lealtad de mi esposa fue forjada en el fuego de la miseria y el hambre más asquerosa.»
«Es una armadura de titanio que ninguna zorra interesada de hotel, con un vestido barato y maquillaje caro, va a poder penetrar jamás en toda su asquerosa existencia.»
«Mi amor por ella no está a la venta. Mi respeto por la mujer que me salvó la vida es absolutamente intocable.»
El silencio que siguió a esa declaración fue monumental, denso, cargado de una justicia poética y aplastante.
«Ahora, recoge tu asquerosa dignidad del piso y lárgate de este hotel antes de que yo mismo te arroje a la calle por la fuerza», gruñó Alejandro, dándole la espalda como si ella fuera basura infecciosa.
Isabella no podía respirar. Los pulmones le ardían. Las rodillas le temblaban tan fuerte que casi cae al piso al bajarse del taburete.
Llorando histéricamente, humillada hasta lo más profundo de su oscuro y materialista ser, la cazafortunas tomó su bolso y huyó.
Corrió por el pasillo de mármol, tropezando con sus propios tacones, bajo las miradas de asco, repudio y burla de toda la élite financiera que antes buscaba seducir.
Su carrera como arribista social acababa de ser aniquilada, quemada hasta los cimientos por la lealtad inquebrantable de un hombre de verdad.
Pero en este exacto, preciso, majestuoso y apoteósico instante de pura justicia cósmica e innegable.
Cuando el karma más devastador y poético ha aplastado sin piedad alguna a la villana que huye cobardemente hacia los ascensores.
Cuando el rey reafirma el trono de su reina ausente y el silencio del salón es un inmenso grito de victoria absoluta del amor real sobre la vanidad.
La escena se detiene por completo en el tejido mismo del tiempo y el espacio.
El sonido del saxofón, que intentaba volver a tocar, se congela. Las lágrimas manchadas de rímel de la mujer se quedan suspendidas en el aire.
Lentamente, el inmenso, sabio y poderoso titán financiero aparta su mirada oscura de la puerta por donde huyó la escoria.
Gira su rostro, marcado por la lealtad, por la paciencia infinita y por un instinto de justicia absolutamente letal que quema el ambiente.
Atraviesa el aire frío de la impecable sala de cristales del bar de lujo.
Atraviesa de un solo, certero y brutal golpe la brillante pantalla iluminada de tu teléfono celular, de tu tablet o de la computadora en la que te encuentras leyendo fijamente esta historia.
Y rompe por completo, de forma íntima, invasiva, magistral y agresiva, la cuarta y frágil pared de la realidad que nos separa de este relato.
Sus ojos oscuros, llenos de un fuego de dignidad, un honor inquebrantable y una advertencia que intimida el mismísimo centro de tu alma…
Se clavan directa, firme e implacablemente en los tuyos.
Sí, en ti. Escúchame muy bien lo que te voy a decir.
En ti, que estás leyendo cada línea y cada palabra desde el borde de tu asiento, con el estómago encogido de la emoción y conteniendo la respiración por el triunfo de la fidelidad.
Sintiendo exactamente en carne propia cómo la adrenalina caliente, la inmensa empatía por la verdadera historia de amor y la sed ardiente de venganza divina estallan con una fuerza brutal en tus propias venas humanas.
Una sonrisa franca, hermosa, ruda, compasiva pero profundamente justiciera, leal y pesadamente kármica se dibuja en el curtido y noble rostro de Alejandro.
«Muchas personas, hombres y mujeres vacíos en este podrido y complejo mundo, que visten ropas de marca, que viven de las apariencias y que creen que todo tiene un precio en efectivo», susurra el dueño del imperio directamente en el fondo de tu mente.
Su voz es profunda, grave, antigua, autoritaria y sumamente magnética.
Te eriza cada milímetro de la piel de los brazos y el cuello hasta los mismísimos huesos, resonando como un eco oscuro, dulce, poético e innegable en tu cabeza y tu conciencia totalmente alerta.
«Creen ciegamente, sumergidos de lleno en su asquerosa, ciega e ignorante burbuja de vanidad, egoísmo y lujuria sin fin…»
«Que el poder económico, el dinero y los títulos corporativos son sinónimos absolutos, definitivos e irrefutables de debilidad moral, infidelidad y corrupción del espíritu.»
«Creen firmemente que pueden acercarse como buitres carroñeros a destruir familias enteras, a robar el lugar que alguien más construyó con lágrimas, pensando que una cara bonita es suficiente para borrar años de historia y lealtad compartida.»
«Esta mujer de plástico, cegada por su avaricia infinita, el brillo del dinero ajeno y su estúpido complejo de superioridad de seductora infalible…»
«Pensó en su infinita y estúpida soberbia que mi soledad en este bar y la distancia de mi esposa, eran una invitación abierta y firmada para pisotear mis votos matrimoniales, arrastrar mi honor por el suelo y tratar mi familia como a un juego de apuestas.»
Alejandro apoya sus dos manos limpias sobre la barra de caoba, irguiéndose como un muro inquebrantable de acero.
Levanta levemente el mentón, destilando una abrumadora autoridad moral y una dignidad terrenal brutal, innegable e imponente que paraliza el mismísimo aire que respiras en tu habitación en este sagrado instante.
«Pero ella, al igual que todos los malditos, asquerosos y patéticos destructores de hogares de mente minúscula que desprecian el amor real y el sacrificio ajeno…»
«Olvidó por completo la ley más antigua, destructiva y sagrada del vasto universo del honor humano en el que los leones de verdad caminamos.»
«Los verdaderos dueños del éxito, los hombres y mujeres que sobrevivieron al infierno de la pobreza tomados de la mano de un amor genuino, nunca, jamás y bajo ninguna circunstancia olvidan quién les dio de beber cuando tenían la garganta seca.»
«El amor que se forja en la escasez absoluta, en el llanto de la madrugada y en la fe ciega cuando no hay futuro visible, crea un escudo de diamante que ni todo el infierno junto puede derretir.»
«Y aquel tonto, vanidoso, ciego y arrogante parásito social que intenta infiltrarse, corromper y destruir la sagrada unión de dos personas que cruzaron el abismo juntas…»
«Terminará siempre, sin ninguna excepción posible en las leyes inmutables del karma y el tiempo, ahogado, destruido, perdiendo su falsa dignidad de golpe, llorando sin el menor consuelo y pudriéndose humillado bajo el inmenso, pesado e implacable peso de la vergüenza pública…»
«Exactamente en el instante en que el muro de la lealtad le devuelva el golpe y lo exponga frente al mundo como la basura aprovechada que realmente es.»
La oscura, inmensamente imponente y penetrante mirada del millonario fiel se afila aún más, apuntando con su vista y su energía directamente hacia lo más profundo de tu alma y tu comprensión del amor verdadero.
Y su último, poderoso e inolvidable mensaje te invita a dar un inmenso y transformador paso al frente en el gran tribunal de la justicia virtual y la vida real, con un tono de mando urgente, emocional y letal que no puedes ignorar bajo ningún concepto.
«Si realmente tienes el valor hirviendo en tus venas y la enorme sed de justicia sanadora en tu pecho para ser testigo ocular en primerísima fila del glorioso, asfixiante y absolutamente desesperante momento final de esta cazafortunas…»
«Si quieres ver, con el corazón saltando de pura y sádica alegría kármica, la humillante, aterrada, pálida y patética imagen en video de esta sujeta siendo rechazada por todos los hoteles de la ciudad, al haberla vetado personalmente de la alta sociedad…»
«Y si quieres celebrar, llorar de pura emoción y amor, aplaudir de pie y reír a carcajadas conmigo el poético, destructivo, sorprendente y perfecto instante en el que Sofía, mi hermosa esposa, aparece por sorpresa detrás de mí en este mismo bar, habiendo escuchado todo escondida, para darle la bofetada verbal final a esta intrusa…»
«No te quedes ahí sentado en el más absoluto silencio detrás de tu pantalla, pasmado, esperando aburridamente a que alguien más te venga a contar mañana de segunda mano esta épica, monumental y bellísima victoria de la fidelidad y la memoria sobre la tentación barata.»
«Ve directamente, con toda la determinación, las ansias de venganza kármica y la emoción fluyendo en tu cuerpo, a la importante sección de comentarios de esta misma historia, en este preciso, exacto y crucial momento irrepetible de tu valiosa vida cotidiana.»
«Y haz clic, presiona ahora mismo y sin dudarlo ni una triste, pequeña e insignificante milésima de segundo de tu tiempo libre, en el brillante enlace de color azul fuertemente destacado, estratégicamente fijado y anclado en la primerísima respuesta y comentario de esta misma publicación viral que te atrapó desde el principio.»
«Para que puedas ver, saborear al máximo, aplaudir con todas tus fuerzas y disfrutar al nivel más alto posible la brutal, épica, inmensamente satisfactoria y espectacular segunda y última parte en formato de video de nuestra gran lección magistral de amor, y la hermosa, rápida y letal caída de esta falsa seductora directo a la soledad y la vergüenza.»
«Te garantizo solemne e inquebrantablemente, por mi honor de hombre leal y el sagrado valor del amor de mi esposa que hoy defendí a capa y espada, que la implacable, oscura, brillante y perfecta justicia divina y terrenal que estás a punto de presenciar en ese enlace…»
«Te hará recuperar de forma inmensa, profunda y permanente la fe absoluta en la fidelidad, el matrimonio y los hombres buenos del mundo moderno…»
«Y te hará creer ciega, apasionada, rotunda e irremediablemente, desde el día de hoy hasta el mismísimo y lejano fin de todos tus días, en el asombroso, aplastante, majestuoso, rápido y sumamente destructivo poder y balance del karma instantáneo y letal, como nunca antes en la historia lo habías sentido, tocado, vivido ni respirado en toda tu propia y maravillosa existencia. La intrusa quiso vestirse de seda roja para tentar al rey en su soledad e invadir nuestro castillo…»
«Pero nosotros nos encargamos silenciosa, personal y letalmente de quemar su asqueroso, frágil y sucio teatro de seducción de papel hasta sus más podridos y asquerosos cimientos, dándole su merecido castigo definitivo frente a toda la alta sociedad que tanto idolatra, y sirviéndole el inquebrantable muro de nuestro amor real como la única y más dolorosa derrota que tendrá que tragar en la oscuridad por el resto de su vacía y plástica vida.»
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