El tatuaje maldito: La novata que humilló al campeón de tiro sin saber que el juez descubriría su letal secreto

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la sangre hirviendo al ver cómo este tirador arrogante y presumido intentaba humillar a una joven indefensa en el campo de tiro. Prepárate, porque la brutal lección de precisión que ella le dio, y el terrorífico secreto que ocultaba en su piel, te dejarán absolutamente sin aliento y con la piel de gallina.
El santuario de la pólvora y el ego desmedido
El Club de Tiro «Apex» no era un lugar para aficionados que buscaban pasar el rato un fin de semana.
Era una fortaleza de acero y concreto, reservada exclusivamente para la élite de la ciudad.
Ubicado en las entrañas de un edificio subterráneo, el lugar olía perpetuamente a pólvora quemada, lubricante de armas y café cargado.
Allí no entraba cualquiera con una tarjeta de crédito; se requería una invitación especial y un historial intachable.
Sus paredes insonorizadas absorbían el estruendo de los calibres más pesados, creando una burbuja de aislamiento perfecta.
La iluminación era fría, quirúrgica, diseñada para que no hubiera ni una sola sombra sobre los blancos de papel.
En la línea de fuego principal, el ambiente vibraba con una tensión palpable, casi eléctrica.
Esa tarde se llevaba a cabo el torneo mensual de precisión táctica, un evento donde los egos chocaban más fuerte que las balas.
Hombres vestidos con equipo militar de última generación, gafas polarizadas y chalecos tácticos se paseaban como si estuvieran en una zona de guerra.
Pero entre todos ellos, destacaba una figura que exigía la atención de toda la sala.
Su nombre era Víctor.
A sus treinta y cinco años, Víctor era el campeón indiscutible del club durante tres años consecutivos.
Era un hombre alto, corpulento, de mandíbula cuadrada y una sonrisa que destilaba una arrogancia enfermiza.
Llevaba unos protectores auditivos de marca exclusiva colgados del cuello y una camiseta ajustada que dejaba ver sus brazos tatuados.
Para Víctor, el campo de tiro no era un lugar de práctica, era su escenario personal para humillar a los demás.
Despreciaba profundamente a cualquiera que no estuviera a su «nivel».
Se paseaba por detrás de las líneas de los demás competidores, soltando risitas burlonas cuando alguien fallaba un tiro.
«La precisión es un don que se lleva en la sangre, señores», solía decir Víctor, con su voz gruesa y pedante.
«Algunos nacemos para ser lobos, y el resto… bueno, el resto solo viene a gastar balas a lo tonto.»
Los demás competidores bajaban la mirada, intimidados por su tamaño y por su innegable talento con las armas.
Pero en la cabina de observación, sentado en una silla alta, había alguien que no se dejaba impresionar por el teatro de Víctor.
Era Don Ernesto, el juez principal y veterano del club.
Un hombre de sesenta y tantos años, con el cabello completamente blanco y un bigote espeso.
Don Ernesto había sido instructor de fuerzas especiales durante décadas antes de retirarse.
Tenía una mirada afilada, capaz de leer el alma de un tirador con solo ver cómo empuñaba su arma.
El viejo juez observaba a Víctor con una mezcla de aburrimiento y decepción.
Sabía que el talento sin humildad era solo una bomba de tiempo a punto de estallar.
Don Ernesto tomó un sorbo de su café oscuro, esperando que el torneo transcurriera sin mayores contratiempos.
Pero la puerta de seguridad del recinto se abrió con un suave siseo mecánico.
Y la rutina del club saltó en mil pedazos.
La presa equivocada en la jaula de los lobos
Por la pesada puerta de acero entró una mujer.
El sonido de sus pasos era ligero, casi inaudible sobre el piso de goma del campo de tiro.
A simple vista, parecía haberse equivocado de dirección y haber entrado al lugar incorrecto.
Era una joven que no aparentaba más de veinticinco años, de complexión delgada y estatura media.
Su cabello oscuro estaba recogido en una coleta sencilla, sin ningún adorno.
No llevaba pantalones de combate, ni botas militares, ni camisas con logos de marcas tácticas.
Vestía unos simples pantalones de mezclilla oscura, una camiseta negra de algodón y una chaqueta de cuero ligera.
En su mano derecha, sostenía un maletín rectangular, de aluminio desgastado, sin ninguna etiqueta visible.
La joven caminó hacia la línea de inscripción con una tranquilidad que desentonaba con el ruido ensordecedor de los disparos de fondo.
No miró a los hombres armados. No se dejó intimidar por el ambiente cargado de testosterona.
Sus ojos, de un color ámbar profundo, estaban fijos en un punto muerto frente a ella.
Víctor, que acababa de recargar su pistola personalizada, la vio entrar desde la línea número cuatro.
Su rostro se deformó en una mueca de incredulidad y burla.
«¿Qué es esto? ¿Un chiste?», murmuró Víctor, dándole un codazo a uno de sus amigos aduladores.
«Creo que la niñita se perdió camino al centro comercial. Alguien debería decirle que aquí no venden maquillaje.»
Sus amigos soltaron carcajadas ruidosas, asegurándose de que la joven los escuchara.
La muchacha llegó al escritorio de Don Ernesto.
«Mesa número siete», dijo la joven, con una voz suave pero carente de toda emoción.
El viejo juez la miró por encima de sus gafas de lectura.
«Esa mesa es para la categoría de élite, señorita. Los blancos están a cuarenta y cinco metros.»
«Lo sé», respondió ella, sin añadir una sola palabra más.
Don Ernesto frunció el ceño, intrigado.
Había algo en el lenguaje corporal de esa mujer que le causaba un extraño escalofrío en la nuca.
No había nerviosismo. Su respiración era tan pausada que parecía estar dormida estando de pie.
«Bien. Firme aquí y tome sus protectores», indicó el juez, extendiéndole una hoja de registro.
La joven firmó rápidamente y caminó hacia la mesa número siete, ubicada justo al lado de la estación de Víctor.
Al verla acercarse a su territorio, el ego del campeón se infló hasta niveles peligrosos.
Víctor dejó su arma sobre la mesa y se cruzó de brazos, bloqueando parcialmente el paso de la joven.
«Oye, preciosa», le dijo Víctor, con un tono condescendiente y machista.
«Creo que no leíste bien el letrero de la entrada. Esta zona es para profesionales.»
La joven se detuvo. No lo miró a los ojos.
«Con permiso», murmuró ella, intentando pasar por un lado.
«No, no, espera», insistió Víctor, dando un paso lateral para seguir bloqueándola.
«Te lo digo por tu propio bien. El retroceso de un arma de verdad te va a romper esa muñeca de porcelana que tienes.»
«¿Por qué no vas a la galería de aire comprimido? Es más seguro para las aficionadas.»
El silencio en las estaciones cercanas era total.
Todos los hombres habían dejado de disparar para observar el espectáculo de Víctor humillando a la novata.
Esperaban que la joven se pusiera a llorar, o que saliera corriendo del club avergonzada.
Pero lo que sucedió a continuación los dejó completamente descolocados.
El frío sonido del acero y la paciencia de un asesino
La joven levantó lentamente la mirada.
Sus ojos ámbar se clavaron en el rostro arrogante de Víctor.
No había miedo en su mirada. No había indignación. No había absolutamente nada.
Era la mirada de alguien que observa a un insecto antes de decidir si vale la pena aplastarlo.
«Si ya terminaste de hablar, necesito mi espacio», dijo ella, con un tono tan gélido que la temperatura del recinto pareció descender.
Víctor parpadeó, sorprendido por la respuesta carente de miedo.
Su sonrisa se endureció, transformándose en una mueca de ira.
«Está bien, fenómeno. Haz el ridículo», escupió Víctor, apartándose de mala gana.
«Pero no te pongas a chillar cuando no le des ni siquiera al borde del papel.»
La joven lo ignoró por completo.
Caminó hacia la mesa de acero de la estación número siete y dejó su maletín de aluminio sobre ella.
El viejo juez, Don Ernesto, se inclinó hacia adelante en su silla.
Sus instintos de militar veterano estaban en alerta máxima. Había notado algo.
Cuando la joven dejó el maletín, no hubo ningún golpe brusco.
Sus movimientos eran de una precisión milimétrica, calculados hasta el último milímetro de esfuerzo.
Los dedos de la muchacha acariciaron los broches de seguridad del maletín.
Clic. Clic.
El sonido fue suave, seco.
Levantó la tapa de aluminio.
Víctor, que la observaba de reojo con una sonrisa burlona, esperaba ver una pistola de bajo calibre, tal vez una réplica rosada.
Pero la sonrisa del campeón se desvaneció un poco al ver el contenido de la caja.
No era un arma comprada en una tienda convencional.
Era una pistola táctica desmontada.
Las piezas descansaban sobre un molde de espuma de alta densidad de color rojo oscuro.
El cañón era más largo de lo normal, con estrías profundas para un silenciador que no estaba presente.
El metal de las piezas no brillaba; estaba tratado con un polímero negro absorbente de luz.
La joven no dudó.
No miró las instrucciones. No verificó el orden de las piezas.
Sus manos pálidas se movieron con la fluidez de un pianista tocando una obra maestra que ha ensayado durante toda su vida.
Tomó el armazón de polímero con la mano izquierda y deslizó el cañón de acero pesado con la derecha.
El movimiento fue tan rápido que los ojos de los espectadores apenas pudieron registrarlo.
Clack.
Insertó el resorte recuperador con un solo toque de su dedo pulgar.
Encajó la corredera sobre los rieles del armazón y tiró de ella hacia atrás con una fuerza sorprendente para su complexión.
El chasquido metálico del acero encajando a la perfección resonó en toda la línea de fuego.
Fue un sonido hermoso. Lúgubre. Profesional.
Víctor tragó saliva, sintiendo una repentina punzada de inseguridad en la boca del estómago.
Nadie ensambla un arma modificada de esa manera a menos que su vida haya dependido de ello innumerables veces.
Don Ernesto, desde su cabina, se quitó las gafas lentamente.
El viejo instructor de fuerzas especiales reconoció la técnica.
No era una técnica deportiva. No era la forma en que te enseñan en un polígono civil.
Era un ensamblaje táctico ciego. El que se enseña en las unidades de operaciones encubiertas para armar un arma en la oscuridad total.
La joven tomó un cargador de doble hilera.
Comenzó a introducir las balas.
Sus pulgares empujaban el latón de los cartuchos con una fuerza mecánica e imparable.
Uno, dos, tres… quince balas en menos de seis segundos.
Golpeó la base del cargador contra la mesa para asentar los cartuchos y lo deslizó dentro de la empuñadura del arma.
El clic de seguridad fue la sentencia de inicio.
Estaba lista.
El ego frente a la tormenta perfecta
«Atención en la línea», anunció la voz de Don Ernesto por el altavoz del club.
«Iniciamos la ronda de precisión élite. Blancos a cuarenta y cinco metros.»
«Tiradores, carguen y preparen. Fuego a discreción a mi señal.»
Víctor se sacudió el nerviosismo inicial.
Él era el campeón. Esa niñita podía saber armar una pistola, pero disparar a esa distancia requería control absoluto.
Decidió que iba a humillarla con su propia demostración de talento.
Víctor se colocó los auriculares electrónicos, adoptó una postura táctica agresiva y apuntó su costosa arma personalizada hacia el blanco de papel.
Su respiración era fuerte, intentando impresionar al público.
«Fuego», ordenó Don Ernesto.
Víctor no perdió ni un segundo.
Presionó el gatillo con rapidez y fiereza.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
El estruendo llenó el recinto.
Los casquillos de bronce volaron por los aires, cayendo sobre el suelo de goma con un tintineo musical.
Víctor vació su cargador de quince balas en menos de diez segundos.
Presionó el botón de retorno y el blanco de papel se acercó rápidamente por el riel motorizado.
La multitud estalló en aplausos y silbidos de aprobación.
El resultado era impresionante.
Catorce de las quince balas habían impactado directamente en la zona roja del pecho y la cabeza de la silueta.
La agrupación era cerrada, del tamaño de una manzana.
Víctor se quitó los auriculares, esbozando una sonrisa de superioridad que le iluminaba el rostro arrogante.
Sopló el humo del cañón de su arma, imitando a las estrellas de cine de acción.
Se giró hacia la estación número siete, donde la joven seguía de pie, inmóvil.
«A ver si puedes igualar eso, novata», le gritó Víctor por encima del ruido ambiental.
«Intenta no darle al techo, nos costó muy caro pintarlo.»
Las carcajadas de los aduladores de Víctor volvieron a resonar.
La joven no se giró a mirarlo.
Se colocó unos sencillos tapones de espuma amarilla en los oídos, ignorando por completo los costosos protectores electrónicos que usaban los demás.
No adoptó la típica postura deportiva con las piernas separadas exageradamente.
Su cuerpo se relajó.
Sus hombros bajaron.
Tomó la pistola de polímero negro con ambas manos.
Su agarre no era tenso ni rígido. Era un abrazo mortal y natural.
Levantó los brazos hacia el objetivo lejano, situado a cuarenta y cinco metros de distancia.
A esa distancia, el blanco de papel parecía un sello postal para el ojo inexperto.
El viejo juez Don Ernesto se inclinó hacia adelante, conteniendo la respiración.
Observó la respiración de la joven.
Esperaba ver cómo sus pulmones se expandían y contraían.
Pero no había movimiento.
La joven había dejado de respirar.
Había entrado en un estado de apnea total, disminuyendo sus propios latidos cardíacos para anular cualquier micromovimiento muscular.
Era la técnica de los francotiradores fantasmas.
El arte sordo de la destrucción milimétrica
El silencio se hizo dueño de la estación número siete.
La joven no parecía tener prisa.
El arma en sus manos era una extensión de su propio cuerpo. No había temblor, no había vacilación.
De pronto, sin el menor aviso ni teatralidad, su dedo índice acarició el gatillo.
¡BAM!
El primer disparo fue seco, violento, ensordecedor.
Pero lo que ocurrió después, desafió toda lógica y comprensión humana en ese club de tiro.
La joven no bajó el arma para evaluar su tiro.
No hizo una pausa para corregir su postura.
Presionó el gatillo catorce veces más.
¡BAM-BAM-BAM-BAM-BAM-BAM!
El sonido no fue una serie de disparos aislados.
Fue un torrente continuo, una ráfaga rítmica tan rápida y perfectamente espaciada que parecía el sonido de una máquina de coser industrial cosiendo la tela de la realidad.
Los quince disparos se efectuaron en exactamente cuatro coma dos segundos.
Los casquillos volaban en el aire formando una parábola perfecta, cayendo todos en el mismo y exacto punto del suelo, creando una pequeña montaña de bronce humeante.
El último disparo resonó, y el eco se apagó lentamente en el recinto blindado.
La joven bajó el arma de inmediato.
No hubo sonrisas. No hubo suspiros de alivio. No sopló el humo del cañón.
Presionó el botón de liberación del cargador, que cayó a su mano izquierda, y verificó visualmente la recámara vacía con una frialdad robótica.
Dejó la pistola sobre la mesa de acero.
Presionó el botón verde para recuperar su blanco de papel.
El motor eléctrico zumbó en el silencio abrumador del club. Nadie aplaudía. Nadie hablaba.
El blanco de papel se detuvo frente a la mesa.
Víctor, que tenía la burla preparada en la punta de la lengua, se asomó para ver el papel de la joven.
Esperaba ver impactos dispersos por todas partes. Esperaba ver el blanco intacto por la velocidad absurda de los disparos.
Pero la sonrisa del campeón se borró de su rostro como si le hubieran echado ácido puro.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente, al borde del pánico.
El blanco de la silueta humana no tenía quince agujeros esparcidos.
Solo tenía uno.
En el centro exacto de la frente de la figura de papel, justo entre los dos ojos impresos.
Había un único agujero, del tamaño de una moneda grande, con los bordes completamente quemados y destrozados.
Las quince balas habían pasado exactamente por la misma trayectoria balística.
Quince proyectiles impactando el mismo milímetro de espacio a cuarenta y cinco metros de distancia, en menos de cinco segundos.
Esa no era una agrupación humana.
Eso era matemáticamente y físicamente imposible para cualquier tirador deportivo del mundo.
Víctor retrocedió un paso, sintiendo que las piernas le temblaban.
El aire pareció abandonar sus pulmones.
El hombre arrogante, el rey del club, se dio cuenta en ese instante de que no era más que un niño jugando con pistolas de agua frente a un dios de la guerra.
«No puede ser…», susurró Víctor, completamente pálido. «E-es un truco… fallaste catorce balas…»
Pero Don Ernesto, el viejo juez, se puso de pie de un salto en su cabina.
El café se derramó sobre su escritorio, pero a él no le importó.
El anciano militar miraba a través del cristal de observación, no hacia el blanco de papel.
Miraba hacia la joven.
Y lo que vio, hizo que el corazón se le congelara en el pecho.
La marca de la sombra en la piel pálida
Al bajar el arma y estirar el brazo hacia el maletín, la manga derecha de la chaqueta de cuero de la joven se había deslizado hacia arriba un par de centímetros.
El movimiento dejó expuesta la piel blanca de la parte interna de su antebrazo derecho, justo por encima de la muñeca.
Allí, marcado con una tinta negra tan profunda que parecía absorber la luz del recinto, había un tatuaje.
No era un dibujo elaborado. No era grande.
Era una simple y pequeña estrella negra de cinco puntas, enmarcada dentro de un círculo fragmentado.
A los ojos de los tiradores civiles como Víctor o sus aduladores, ese tatuaje no significaba absolutamente nada. Una moda más.
Pero para Don Ernesto, ese pequeño símbolo de tinta era el rostro mismo de la muerte.
El viejo juez retrocedió, chocando contra la pared de su cabina.
Su respiración se volvió superficial. Sus manos temblaban de manera incontrolable, algo que ni siquiera el combate real había logrado hacerle en su juventud.
En los círculos más cerrados, oscuros y secretos de la inteligencia militar global, existía un mito.
Un fantasma del que nadie hablaba en voz alta.
Se hablaba de un programa no reconocido, un escuadrón compuesto por fantasmas que no existían en ningún registro del gobierno.
Individuos entrenados desde su infancia para ser armas perfectas, carentes de remordimientos, de emociones y de fallos.
Se les conocía en los susurros de la oscuridad militar como el «Escuadrón Estrella Negra».
Asesinos de élite que solo eran activados cuando los ejércitos convencionales fracasaban.
Especialistas que habían derrocado dictaduras y eliminado objetivos de altísimo valor en el silencio más absoluto.
El viejo juez siempre creyó que era solo una historia para asustar a los reclutas. Una leyenda urbana de los servicios de inteligencia.
Pero el símbolo estaba allí. Frente a sus propios ojos. Marcado a fuego en la piel de una mujer de veinticinco años.
La joven notó que su manga se había subido.
Con un movimiento perezoso, casi desinteresado, volvió a tirar de la chaqueta de cuero, cubriendo el tatuaje de estrella negra.
Giró la cabeza lentamente.
Sus ojos ámbar cruzaron el cristal blindado de la cabina y se clavaron directamente en los ojos del viejo juez.
Fue solo un segundo.
Pero en ese segundo, Don Ernesto sintió el frío de la tumba.
La mirada de la joven le transmitió un mensaje claro y terrorífico: Tú sabes quién soy. Y sabes lo que te pasará si abres la boca.
El viejo asintió con la cabeza de forma imperceptible, un gesto de sumisión absoluta ante un depredador supremo.
El fin del teatro y el silencio del cobarde
En la línea de fuego, Víctor seguía paralizado frente al blanco de papel agujereado.
Su orgullo estaba destrozado, pero su ignorancia lo empujaba a intentar salvar la poca dignidad que le quedaba frente a sus amigos.
«¡Oye!», gritó Víctor, intentando recuperar su tono fanfarrón, aunque su voz temblaba patéticamente.
«¡Seguro tu arma está alterada! ¡Usaste balas de fogueo! ¡Esto es una trampa, novata!»
Víctor dio un paso hacia la estación número siete, alzando la mano para tocar el hombro de la joven y exigirle una respuesta.
«¡Exijo que el juez revise esa arma ah…!»
La frase de Víctor murió en su garganta de una forma brutal.
Nadie en el club vio cómo sucedió.
Fue un borrón en el espacio-tiempo. Un error en la Matrix de la percepción humana.
Antes de que los dedos de Víctor pudieran siquiera rozar el cuero de la chaqueta de la joven.
Ella había girado sobre su propio eje.
Con su mano izquierda, atrapó la muñeca del inmenso campeón de tiro, aplicando un punto de presión tan agónico que los huesos de Víctor crujieron.
Y en su mano derecha, sostenía nuevamente la pistola táctica de polímero.
No apuntaba a la cabeza de Víctor. Eso habría sido un error de principiante.
La joven había presionado el cañón de acero ardiente, aún humeante por los quince disparos, directamente contra la arteria femoral de la pierna de Víctor.
Un ángulo muerto. Un disparo a quemarropa en ese punto causaría que el campeón se desangrara en menos de cuarenta segundos, sin posibilidad de rescate médico.
Víctor soltó un quejido agudo y lastimero.
El dolor en su muñeca torcida y el calor del cañón del arma fundiendo la tela de su pantalón lo paralizaron de puro terror.
«¿Ibas a decir algo?», susurró la joven.
Su voz no tenía ira. No tenía esfuerzo.
Era el susurro de la nada. El sonido del abismo hablándole directamente al alma del hombre.
Los amigos de Víctor intentaron llevarse las manos a sus propias armas en un acto de valentía estúpida.
Pero una voz retumbó desde los altavoces de la cabina del juez, cargada de pánico real.
«¡Nadie se mueva! ¡Bajen las armas todos ustedes, par de idiotas!», rugió Don Ernesto, con el sudor empapando su rostro.
«¡Guarden sus armas ahora mismo o llamo a seguridad federal!»
El viejo juez sabía que si uno solo de esos tontos desenfundaba, la joven los asesinaría a todos en ese recinto antes de que pudieran quitarle el seguro a sus pistolas.
Los hombres de Víctor, confundidos y asustados por la orden de su propio juez, levantaron las manos en el aire.
La joven miró a Víctor a los ojos.
Vio el terror crudo, la cobardía absoluta brillando en las lágrimas que empezaban a acumularse en los ojos del «campeón».
El hombre rudo, el rey del campo de tiro, estaba llorando de miedo ante el roce del acero en su pierna.
«Tú no sabes lo que es un arma de verdad», le susurró ella, soltándole la muñeca y retirando el cañón de su muslo con desprecio.
«Para ti es un juguete para alimentar tu patético ego.»
«Para nosotros, es el peso de los pecados del mundo.»
La reina de la oscuridad se retira
La joven desarmó la pistola con la misma velocidad y elegancia con la que la había ensamblado.
Colocó las piezas en la espuma roja del maletín.
Cerró los broches de aluminio. Clic. Clic.
Tomó el maletín y comenzó a caminar hacia la salida del recinto.
Nadie se interpuso en su camino.
Los hombres se apartaban como si ella fuera una columna de fuego radiactivo cruzando por la habitación.
El silencio que dejó a su paso fue el monumento más grande a la humillación de Víctor.
El campeón cayó de rodillas frente a su propia mesa, abrazando su pierna intacta, temblando incontrolablemente en un charco de su propia cobardía.
Las pesadas puertas de acero se abrieron con su siseo mecánico.
Pero justo en el umbral, antes de desaparecer para siempre en las sombras de la ciudad.
La joven asesina se detiene por un milisegundo.
Lentamente, la mujer del tatuaje maldito gira levemente su rostro hacia el interior del club.
Su mirada, oscura, brillante, cargada de secretos insondables y una letalidad absoluta, se aparta de los hombres asustados.
Atraviesa el humo de pólvora que aún flota en el aire, atraviesa la pantalla de tu celular y rompe por completo la cuarta pared.
Sus ojos ámbar, hermosos pero vacíos de cualquier piedad humana, se clavan directamente en los tuyos.
Sí, en ti, que estás leyendo esto conteniendo la respiración, sintiendo la adrenalina y el suspenso recorrerte la columna vertebral.
Una sonrisa casi imperceptible, fría y cargada del misterio más oscuro del mundo, se dibuja en sus labios perfectos.
«Muchos hombres que juegan a los soldados creen que hacer ruido y presumir sus juguetes caros los convierte en verdaderos guerreros», susurra ella, con una voz profunda, enigmática y tan seductora como peligrosa, erizándote la piel.
«Creen que golpear el pecho y gritar más fuerte los protege de los monstruos que habitan en la noche.»
«Pero olvidan la regla más fundamental de la cacería.»
La asesina de la estrella negra levanta levemente la barbilla, sin apartar sus intensos ojos de ti.
«Los verdaderos depredadores, los que decidimos quién vive y quién muere en este mundo, nunca hacemos ruido.»
«No usamos camuflaje, ni gritamos nuestras victorias. Nosotros somos la sombra que está detrás de ti cuando apagas la luz.»
«Si quieres ser testigo en primera fila del momento en que salgo de este club y recibo el mensaje con mi próximo objetivo de altísimo nivel…»
«Si quieres ver la cara de terror que pondrá el gobernador corrupto de la ciudad cuando me encuentre sentada en el sillón de su habitación privada en medio de la oscuridad…»
«Y si quieres acompañarme a ver cómo, en el más absoluto silencio, hago que el imperio más intocable caiga pedazo a pedazo bajo la precisión de mi acero…»
«Ve a los comentarios ahora mismo y busca el enlace para la segunda parte. Te prometo que la cacería que está a punto de comenzar es el acto de justicia más hermoso y sangriento que jamás hayas presenciado. El blanco está marcado, y la estrella negra nunca, jamás falla un tiro.»
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