Las Manos de Grasa y el Motor de Cristal: El Día que un Millonario Arrogante Perdió su Imperio

Publicado por Emontero el

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con aquel veterano mecánico que fue humillado y despedido por su joven y arrogante jefe. Prepárate, porque la verdad detrás de este error millonario, y la lección de vida que el anciano estaba a punto de darle, te dejará completamente sin aliento.

El santuario del metal y la memoria

El taller «Apex Performance» no era un garaje cualquiera de la ciudad.

Era un verdadero quirófano de alta tecnología dedicado exclusivamente a la élite automotriz.

Ubicado en el corazón del distrito financiero, su fachada de cristal y acero negro parecía más un museo de arte moderno que un centro de reparación.

El piso estaba cubierto de una resina epóxica blanca, tan inmaculadamente brillante que reflejaba las luces LED del techo como si fuera un espejo de hielo.

Allí no había manchas de aceite en el suelo. No había herramientas tiradas al azar.

El aire estaba climatizado a una temperatura perfecta y olía a productos de limpieza cítricos y a cera de carnauba de importación.

Y en medio de esa atmósfera fría, esterilizada y calculada, estaba Don Tomás.

A sus sesenta y ocho años, Tomás era el último vestigio de una era que se resistía a morir.

Llevaba un overol azul marino, impecablemente limpio, pero desgastado en las rodillas y los codos por décadas de trabajo duro.

Sus manos eran un mapa viviente de su historia.

Estaban cubiertas de cicatrices blancas, callosidades endurecidas y pequeñas manchas de grasa incrustadas en los poros que ningún jabón industrial podía borrar.

Para Tomás, los motores no eran simples pedazos de metal ensamblados en una fábrica.

Eran seres vivos. Criaturas que respiraban, que tenían un pulso, un ritmo cardíaco y una voz propia.

Él no necesitaba conectar una computadora de diez mil dólares para saber qué le dolía a un auto.

Le bastaba con cerrar los ojos, apoyar la palma de su mano curtida sobre el capó y escuchar el ronroneo de los cilindros.

Durante cuarenta años, había sido el jefe de mecánicos de ese lugar.

Había trabajado hombro a hombro con el fundador original de la empresa, el difunto Señor Valdés, un hombre que entendía que la experiencia valía su peso en oro.

Pero el Señor Valdés había fallecido hacía apenas ocho meses por un ataque al corazón.

Y el inmenso imperio automotriz, valorado en decenas de millones de dólares, había caído en manos de su único heredero.

Maximiliano.

El príncipe de cristal y arrogancia

La puerta de la oficina de cristal del segundo piso se abrió con un sonido metálico y seco.

Maximiliano descendió por la escalera de caracol con pasos arrogantes y ruidosos.

A sus veintiocho años, el nuevo dueño era la encarnación absoluta del arribismo y la superficialidad moderna.

Llevaba un traje hecho a la medida de color gris plomo, una camisa de seda sin corbata y zapatos de charol italianos que costaban más que el sueldo mensual de cualquier empleado.

Su cabello estaba perfectamente engominado hacia atrás, y en su muñeca izquierda brillaba un reloj suizo que usaba como símbolo de poder.

Maximiliano detestaba la grasa. Detestaba el sudor.

Consideraba que la mecánica tradicional era un oficio sucio, anticuado y reservado para personas de clase baja.

Él tenía un título en administración de empresas de una universidad europea y creía firmemente que cualquier problema en el universo podía resolverse con una aplicación de tablet.

Esa mañana, Maximiliano no bajaba solo al taller.

Caminando un paso detrás de él, con una actitud de obediencia ciega, venía Leo.

Leo era un joven de veintidós años recién graduado de un instituto de ingeniería mecatrónica.

Llevaba una bata blanca inmaculada, gafas de diseñador y sostenía una tableta digital de última generación pegada al pecho.

Sus manos estaban suaves, pálidas, sin un solo callo. Parecían las manos de un pianista, no las de un hombre que debía enfrentarse a la brutalidad de un motor de combustión.

Maximiliano caminó directamente hacia la bahía de trabajo central, donde Don Tomás estaba concentrado.

El veterano mecánico estaba inclinado sobre el cofre abierto de la joya absoluta del taller.

El «Valkyrie V12 Apex».

Un prototipo de hiperauto de edición hiperlimitada, valorado en más de cinco millones de dólares.

Era una bestia de fibra de carbono y titanio, diseñada para romper récords mundiales de velocidad.

El dueño del vehículo, un jeque árabe sumamente exigente, había confiado el auto exclusivamente a las manos de Don Tomás para una calibración crítica antes de una exhibición en Mónaco.

El choque de dos mundos

«Tomás», dijo Maximiliano.

Su voz resonó en el taller silencioso, cargada de un tono nasal, condescendiente y profundamente irrespetuoso.

Don Tomás no se sobresaltó.

Con movimientos lentos y pausados, terminó de ajustar una abrazadera de titanio con su vieja y confiable llave de torque.

Se limpió las manos con un trapo rojo de algodón y se giró para mirar a su joven jefe.

«Buenos días, Maximiliano. ¿En qué le puedo ayudar?», respondió el anciano, con una educación impecable.

Maximiliano arrugó la nariz, como si el simple olor a aceite que emanaba del veterano le causara náuseas físicas.

«Te he dicho mil veces que me llames Licenciado Valdés», siseó el joven arrogante, acomodándose los puños de su costosa camisa de seda.

Don Tomás asintió levemente, sin borrar la tranquilidad absoluta de su rostro surcado de arrugas.

«Como usted ordene, Licenciado. ¿Necesita un informe sobre el progreso del Valkyrie?»

«No necesito tus informes anticuados escritos a mano, Tomás. Necesito que te apartes de esa máquina ahora mismo.»

Maximiliano señaló al hiperauto de cinco millones de dólares con un dedo despectivo.

«A partir de este exacto minuto, Leo se hará cargo de la calibración del sistema de inyección y de la telemetría del V12.»

El anciano miró al joven de bata blanca.

Leo le sostuvo la mirada por un segundo, pero luego la desvió hacia el suelo, abrazando su tableta digital con nerviosismo.

«Con todo respeto, Licenciado», comenzó Don Tomás, manteniendo un tono de voz suave pero firme.

«Este motor no es un juguete. Es un prototipo experimental con una presión de combustible inmensamente volátil.»

El veterano dio un paso hacia el auto, acariciando la fibra de carbono con un cariño casi paternal.

«Los sensores de software de este modelo específico tienen un retraso de calibración de fábrica.»

«Si no se ajusta la válvula de alivio manualmente, sintiendo la presión en la rosca, el software forzará las bielas hasta partirlas.»

«Es una máquina temperamental. Necesita a alguien que entienda su idioma, no solo que lea sus códigos en una pantalla.»

La advertencia de Don Tomás era oro puro. Era la sabiduría destilada de cuarenta años de vivir entre metales al rojo vivo.

Pero para el ego monumental e inflado de Maximiliano, las palabras del anciano fueron un insulto directo a su «modernidad».

El despido de una leyenda

Maximiliano soltó una carcajada estridente, fría y carente por completo de cualquier rastro de humor.

El sonido rebotó asquerosamente en las inmaculadas paredes de cristal del taller de alta gama.

«¿El idioma de la máquina? ¿Presión manual?», se burló el joven millonario, aplaudiendo de forma sarcástica y lenta.

«Por Dios, Tomás. Escúchate hablar. Suenas como un hechicero de pueblo vendiendo remedios mágicos en una feria.»

Maximiliano dio un paso amenazante hacia el anciano, invadiendo su espacio personal, intentando intimidarlo con su altura.

«Estamos en el siglo veintiuno. La época de los mecánicos que huelen a gasolina y usan el oído para diagnosticar fallas se terminó.»

«Esta es una clínica de rendimiento automotriz de élite. Mi clínica.»

El joven señaló la tableta digital en las manos del novato Leo con un orgullo ciego y estúpido.

«Leo tiene un software de diagnóstico de cien mil dólares. Algoritmos de inteligencia artificial que pueden predecir fallas a nivel molecular.»

«Él no necesita ‘sentir’ la válvula. El programa lo hace todo con precisión matemática perfecta.»

Don Tomás suspiró. Un suspiro profundo, cargado de una tristeza inmensa.

No estaba triste por el insulto, sino por ver en lo que se había convertido el legado del hombre al que tanto había admirado.

«La tecnología es una gran herramienta, Licenciado. Nadie lo niega», intentó explicar el veterano, manteniendo una paciencia estoica.

«Pero la computadora solo lee lo que los sensores le dicen. Y en un motor experimental, los sensores a veces mienten.»

«La mano humana…» Don Tomás levantó sus palmas curtidas y llenas de callos. «…la experiencia, es lo único que sabe cuándo la máquina está sufriendo de verdad.»

El rostro de Maximiliano se deformó por la ira pura y el desprecio clasista.

No soportaba que un simple empleado de overol lo contradijera frente a los demás mecánicos que observaban en silencio desde sus estaciones.

«Baja esas manos asquerosas e inútiles frente a mí», siseó Maximiliano, destilando veneno en cada sílaba.

«Tus manos no son experiencia. Son simplemente mugre incrustada. Son el símbolo de un pasado obsoleto y fracasado que quiero borrar de mi empresa.»

El silencio que cayó sobre el inmenso taller fue absoluto, pesado y sofocante.

Nadie se atrevía a respirar. Todos amaban a Don Tomás. Él había sido el maestro y padre adoptivo de cada joven aprendiz del lugar.

«Eres un fósil, Tomás», sentenció Maximiliano, dictando su cruel veredicto sin un ápice de humanidad.

«Estás viejo, estás oxidado y eres una mancha en la imagen de perfección moderna que quiero proyectar a mis clientes billonarios.»

«Estás despedido. Con efecto inmediato.»

El adiós silencioso a las herramientas

La sentencia cayó como un bloque de plomo de mil toneladas.

«Te quiero fuera de mis instalaciones en menos de quince minutos. Recoge tu basura y lárgate», ordenó el joven jefe.

Maximiliano se giró hacia Leo, dándole una palmada en la espalda al novato asustado.

«Conecta el sistema, Leo. Demuéstrale a este dinosaurio cómo trabaja un verdadero profesional del nuevo milenio.»

Don Tomás no gritó. No suplicó por su trabajo. No intentó defender su orgullo herido.

La verdadera dignidad no necesita hacer ruido para demostrar su inmenso tamaño.

El anciano simplemente asintió con lentitud, cerrando los ojos por una fracción de segundo para despedirse de su hogar.

Se dio la media vuelta y caminó con pasos pesados, pero firmes, hacia su vieja estación de trabajo en la esquina del local.

Allí descansaba su caja de herramientas.

No era un moderno y brillante carrito de marca suiza como los que usaban los nuevos empleados.

Era una pesada y robusta caja de acero rojo, desgastada por los años, con abolladuras que contaban historias de miles de batallas ganadas contra el metal.

Don Tomás abrió la tapa crujiente.

Comenzó a guardar sus cosas con un cuidado casi religioso, reverencial y lleno de melancolía.

Tomó su llave de media pulgada. La misma llave con la que había ajustado el motor del primer auto de carreras que ganó un campeonato nacional para el taller en 1985.

Tomó su viejo calibrador manual. Un regalo de su difunta esposa en su primer aniversario de bodas, hace más de cuarenta años.

Cada herramienta que guardaba en el estuche rojo era una extensión de su propia alma.

Era un trozo de su vida, de su juventud, de sus madrugadas sin dormir reparando autos de clientes que hoy eran millonarios gracias a él.

Mientras empacaba en absoluto silencio, el caos tecnológico comenzaba a gestarse en el centro del taller.

Leo, el novato de la bata blanca, se había acercado temblorosamente al inmenso y agresivo motor del Valkyrie V12.

Conectó un grueso cable de fibra óptica desde el puerto de diagnóstico del hiperauto hasta su brillante tableta digital.

Maximiliano observaba desde atrás, con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción narcisista en su rostro.

«Inicia la secuencia de presurización, Leo», ordenó el jefe arrogante. «Vamos a calibrar los inyectores de titanio al máximo rendimiento.»

Leo tragó saliva, deslizando su dedo pálido por la pantalla táctil de cristal.

«Iniciando secuencia de presurización, Licenciado», murmuró el joven, sin apartar los ojos de los gráficos de colores de su aplicación.

Don Tomás, desde su esquina solitaria, cerró los candados de su caja de herramientas con un clic metálico.

Tomó el asa de acero y levantó el pesado estuche.

Se acomodó su vieja gorra de béisbol despintada sobre la cabeza blanca y comenzó a caminar hacia la puerta de salida.

Pero a mitad de camino, sus oídos experimentados captaron un sonido.

No era un sonido fuerte. Era casi imperceptible para el oído de una persona común.

Pero para Don Tomás, era más claro que el sonido de una sirena de alarma a todo volumen.

El lamento del motor

Era un silbido agudo, extremadamente fino y metálico, proveniente de las entrañas del motor del Valkyrie.

El sonido inconfundible del aire a hiperpresión escapando por una microfisura en la cámara de combustión.

Don Tomás detuvo sus pasos. Sus zapatos de trabajo desgastados rechinaron ligeramente contra el piso de resina.

Miró por encima de su hombro.

Leo seguía tocando la pantalla de su tableta frenéticamente, con los ojos muy abiertos.

«La presión está subiendo un poco rápido en la línea secundaria, Licenciado», dijo el novato, con un tono de duda en la voz.

«¿El software marca algún error crítico rojo?», preguntó Maximiliano, sin inmutarse.

«No, señor. Los sensores marcan verde. La aplicación dice que todo está dentro de los parámetros de tolerancia estática.»

Maximiliano sonrió con desdén. «Ahí lo tienes. Confía en la máquina, Leo. Aumenta la presión de la bomba principal.»

Don Tomás apretó el asa de su caja de herramientas.

Sabía exactamente lo que estaba a punto de pasar.

«Muchacho…», dijo Don Tomás, alzando la voz desde la distancia, interrumpiendo su propia salida.

«Ese silbido no es normal. La válvula de alivio se ha quedado pegada. El sensor está ciego.»

El veterano dio un paso atrás, con la intención pura de ayudar a salvar la máquina, a pesar de haber sido humillado.

«Apaga la ignición de la bomba ahora mismo o vas a fracturar el bloque de titanio.»

Maximiliano se giró violentamente, con el rostro rojo de furia por la interrupción.

«¡Te ordené que te largaras de mi edificio, fósil de porquería!», gritó el millonario a todo pulmón.

«¡No te atrevas a dar órdenes a mi personal calificado! ¡Leo, aumenta la maldita presión ahora, es una orden directa!»

El novato, aterrorizado por los gritos de su jefe y sin la experiencia necesaria para confiar en su propio instinto, obedeció ciegamente.

Deslizó el dedo por la pantalla y confirmó el comando de software.

Don Tomás cerró los ojos, suspiró con profunda resignación y dio media vuelta hacia la puerta.

El universo estaba a punto de impartir su clase más dolorosa.

Y la ignorancia de la arrogancia iba a cobrar su factura más costosa en la historia del taller.

El estallido del pánico

El desastre no tardó ni cinco segundos en materializarse.

El suave ronroneo del motor V12 cambió drásticamente.

Se transformó en un rugido ahogado, agónico, como si la bestia de metal estuviera ahogándose en su propia sangre de aceite.

Un chirrido metálico, espeluznante y ensordecedor, destrozó el silencio esterilizado de la clínica automotriz.

¡CRACK!

El sonido de un componente de titanio fracturándose bajo una presión incalculable resonó como un disparo de escopeta.

De repente, una inmensa nube de humo blanco y espeso, con olor a aceite quemado y anticongelante hervido, salió disparada del motor.

Las luces LED rojas del tablero del hiperauto comenzaron a parpadear frenéticamente, como un árbol de navidad enloquecido.

Una lluvia de chispas eléctricas saltó desde el sistema de inyección, rebotando contra el inmaculado suelo blanco del taller.

Leo soltó un grito de pánico, soltando su costosa tableta digital, que cayó al suelo y se estrelló contra el piso de resina.

El joven retrocedió tropezando, cubriéndose el rostro con los brazos, aterrorizado por la inminente explosión.

«¡¿Qué diablos hiciste?!», rugió Maximiliano, con los ojos desorbitados por el terror absoluto.

El joven millonario corrió hacia el auto, agitando los brazos inútilmente frente a la nube de humo tóxico.

«¡Apágalo! ¡Apaga esa maldita cosa ahora mismo!», gritó, perdiendo por completo toda su compostura y elegancia.

Leo, temblando como una hoja en medio de un huracán, intentó recoger su tableta rota del suelo.

«¡La… la aplicación se congeló, Licenciado! ¡No responde! ¡La pantalla se quedó en negro!», balbuceó el novato, llorando de puro pánico.

El motor comenzó a sacudirse violentamente sobre sus soportes de competencia.

Estaba entrando en un estado de sobrecalentamiento crítico. Una reacción en cadena que destruiría no solo el motor, sino todo el chasis de fibra de carbono.

Cinco millones de dólares. El auto de un jeque árabe intocable.

A punto de derretirse y explotar dentro del taller por un simple error de arrogancia.

Maximiliano sintió que el corazón se le detenía en seco dentro del pecho.

El pánico se apoderó de su cerebro, nublando por completo su capacidad de razonamiento.

No sabía qué botón presionar. No sabía qué cable desconectar. No sabía absolutamente nada de la realidad física de la máquina.

Estaba viendo su imperio, su reputación y su fortuna convertirse literalmente en humo frente a sus propios ojos.

En medio de su histeria, Maximiliano giró su rostro desesperado hacia la puerta de salida.

Allí, a unos diez metros de distancia, recortado contra la luz del sol de la tarde, estaba Don Tomás.

El ruego del rey destronado

El anciano mecánico se había detenido.

Mantenía su pesada caja de herramientas en una mano, observando la escena dantesca con una tranquilidad escalofriante y majestuosa.

No había una sola gota de sorpresa en su rostro curtido.

No había pánico. No había urgencia.

Simplemente estaba allí, como un testigo mudo de una tragedia anunciada y completamente evitable.

«¡Tomás!», gritó Maximiliano.

Su voz ya no tenía ni un rastro de prepotencia.

Era un chillido agudo, desesperado, patético, el grito de un niño asustado que acaba de romper un juguete irreparable.

«¡Tomás, por el amor de Dios, ayúdame! ¡Haz algo! ¡Apaga esta cosa antes de que explote!», suplicó el millonario.

Corrió torpemente hacia el anciano, casi tropezando con sus propios zapatos de charol italiano, que ahora estaban manchados de aceite hirviendo.

Llegó hasta el veterano y cometió la audacia de agarrarlo por el brazo del viejo overol azul.

«¡Te pagaré lo que quieras! ¡Te duplicaré el maldito sueldo! ¡Te haré socio del taller!», prometió Maximiliano, sollozando de puro terror financiero.

«¡Solo ve ahí, mete las manos y desconecta esa maldita bomba! ¡El software no funciona!»

Don Tomás miró la mano temblorosa de su joven jefe agarrando la tela de su ropa.

Lentamente, con una elegancia y un poder que ningún dinero del mundo puede comprar, el anciano apartó la mano del millonario.

El humo comenzaba a llenar el inmenso local de cristal, activando las estridentes alarmas de incendio en el techo.

El ruido era caótico. Una sinfonía de destrucción perfecta y absoluta.

Pero en el pequeño espacio entre los dos hombres, el silencio y la tensión eran más cortantes que una cuchilla.

Don Tomás acomodó el asa de su caja de herramientas roja, sintiendo el peso reconfortante de su vida de trabajo.

Miró a Maximiliano directamente a los ojos, sin una sola pizca de compasión, pero tampoco con odio.

Lo miró con la lástima profunda que se le tiene a alguien que acaba de cavar su propia tumba por pura y asquerosa ceguera.

«Lo lamento mucho, Licenciado Valdés», dijo Don Tomás.

Su voz era serena, aterciopelada, pero firme como el acero forjado de un yunque.

«Pero como usted mismo lo dijo con tanta claridad hace cinco minutos…»

El anciano levantó su mano libre. La mano cubierta de cicatrices, venas marcadas y pequeñas manchas de grasa eterna.

Mostró sus palmas al joven millonario que lloraba frente a él.

«…estas manos mías solo son mugre incrustada. Son el símbolo de un pasado completamente obsoleto.»

«Y yo no soy más que un estúpido fósil fracasado en su moderna clínica de cristal.»

Maximiliano abrió la boca, incapaz de articular una sola palabra de defensa, aplastado por el peso brutal e implacable de sus propios insultos.

El karma se lo estaba tragando vivo.

«Pídale a su brillante inteligencia artificial que apague el incendio, Licenciado», sentenció el anciano de forma definitiva.

«Mi turno en esta empresa, y en su vida, ha terminado para siempre.»

Don Tomás se dio la vuelta con una dignidad abrumadora, dándole la espalda al infierno de humo y alarmas.

Empujó la pesada puerta de cristal de la salida principal y salió a la calle, iluminado por la luz dorada del atardecer.

La mirada de la experiencia

El sonido de las alarmas de incendio y los gritos desesperados de Maximiliano se ahogaron detrás del grueso cristal de la fachada.

Don Tomás caminó un par de pasos por la amplia acera de la avenida financiera.

Respiró el aire fresco de la calle, sintiendo cómo el peso de cuarenta años de subordinación desaparecía de sus hombros cansados.

Se sentía libre. Se sentía poderoso.

Lentamente, con una precisión mágica y un aura de empoderamiento que traspasaba los límites de la realidad misma…

Don Tomás, el veterano de las manos manchadas, el maestro del metal, dejó de mirar hacia la calle por donde iba a caminar.

Giró su rostro sabio, arrugado y majestuoso.

Y clavó su profunda, inquebrantable, serena e inteligentísima mirada directamente hacia el frente.

Atravesando el bullicio de la ciudad, cruzando la luz del sol y saltando sin piedad la barrera invisible de la ficción.

Don Tomás rompió la cuarta pared y te miró directamente a los ojos.

Sí, a ti, que estás sosteniendo firmemente la pantalla brillante de tu dispositivo, leyendo esta historia con el corazón acelerado y la respiración contenida.

El rostro del anciano maestro proyectaba una seguridad abrumadora, una advertencia letal para los arrogantes y una promesa de justicia ineludible.

Una levísima, casi imperceptible y deliciosamente oscura y cómplice sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios secos.

«Hay niños en este mundo moderno que creen firmemente que la tecnología, los trajes caros y las palabras elegantes…»

«…pueden reemplazar mágicamente el valor incalculable de una vida entera llena de sacrificios, errores y aprendizaje puro», susurró Don Tomás.

Su voz profunda y rasposa no se perdió en el ruido del tráfico.

Resonó directamente en el centro mismo de tu mente, como un eco magnético, hipnótico y eterno.

«Creen, en su infinita y estúpida ceguera, que la limpieza de un teclado es superior a la sabiduría de una cicatriz en la piel.»

Don Tomás dio un sutil, majestuoso y calculado paso hacia la lente imaginaria.

Acortó la distancia entre su libertad recuperada y tú, haciéndote parte vital de su victoria maestra.

«Este niño arrogante de traje italiano creyó que humillar a un viejo mecánico era su demostración de poder absoluto.»

«Creyó que la grasa en mis manos me hacía menos humano, menos valioso que sus asquerosos algoritmos de computadora.»

El anciano levantó levemente su pesada caja de herramientas, saboreando el caos económico y monumental que acababa de dejar detrás de él.

«Pero él no tiene la más mínima, remota y oscura idea de la tormenta infernal que acaba de caer sobre su patético imperio de cristal.»

«Él no sabe que el cliente dueño de ese auto no es un hombre que acepta disculpas ni cheques de seguro.»

Don Tomás te sostuvo la mirada, sin parpadear un solo segundo, con unos ojos que brillaban con la luz de la experiencia indomable.

Te desafió a ser el testigo incondicional y absoluto del mayor castigo que la arrogancia juvenil puede recibir en este mundo.

«¿Quieren ver cómo este niño millonario se arrodilla en la calle, llorando, cuando los abogados del jeque vengan a embargar todo el maldito edificio para cobrar el daño?»

«¿Quieren presenciar hasta qué punto exacto, frío y milimétrico, el destino puede aplastar el ego de un líder que no supo respetar a quienes le construyeron su trono?»

El maestro invencible, el señor de los motores, te dedicó un último, poderoso, afilado y escalofriante guiño, sellando un pacto de honor, sangre y verdad contigo.

«No se atrevan a apartar la mirada de esta pantalla ni por un solo milisegundo, mis queridos amigos.»

«Porque la verdadera, dolorosa y absoluta destrucción económica de este jefe arrogante, y el triunfo final de mis viejas manos de grasa…»

La sonrisa de Don Tomás se volvió inmensa, victoriosa y majestuosa, prometiendo una sinfonía de justicia kármica perfecta e implacable.

«…apenas están a punto de comenzar en la segunda parte.»

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